Opinión

Devociones y melodías

Religiones y música pretenden buscarle un cierto sentido ‘sobrenatural’ al ser humano.

21 de mayo 2017 , 06:39 a.m.

Las religiones, para sus fervorosos creyentes, y la música, para sus devotos admiradores, tienen cosas en común: ambas preferencias trascienden la lógica convencional y, en consecuencia, la adhesión a ellas no exige justificaciones racionales. Sri Chinmoy, compositor de la India y divulgador de la meditación en Occidente, conecta las dos nociones en un sugestivo parágrafo: “La música es el idioma universal de Dios. El lenguaje de Dios, la música, no es como las matemáticas o la geometría. Es un lenguaje de amor. Si nos gusta una canción, eso es suficiente”. ¿Es la música una especie de culto? Algo hay de eso.

Las religiones buscan darle sentido a la vida. Sus seguidores sostienen que nada sería importante si la existencia careciera de significado, y, puesto que para los creyentes la vida sí lo tiene, los teístas dizque viven mejor y son más felices que los ateos. La música, al igual que las otras seis artes tradicionales (pintura, danza, escultura…), eleva la experiencia humana hacia lo bello y lo sublime. A su manera, religiones y música, cada una por su lado, pretenden buscarle un cierto sentido ‘sobrenatural’ al ser humano.

La arqueología prehistórica indica que las religiones antecedieron a la música por muchos milenios. Unas rocas talladas en forma de serpiente, junto con algunas puntas de lanza, descubiertas a mediados de la década pasada en Botswana (África), parecen ser evidencias claras de comportamientos rituales. La antigüedad estimada de estos hallazgos es de 70.000 años. Los primeros ‘rastros’ de la música son de hace 42.000 años. Unas flautas hechas con huesos de ave y marfil de mamut, halladas en una cueva en el sur de Alemania, son el instrumento musical más antiguo encontrado hasta la fecha.

Las composiciones que se tocaron en las flautas, por supuesto, se desconocen. Ya en la historia reciente, los investigadores también han identificado, además de variedades notables de instrumentos, algunas tablillas grabadas que podrían contener notaciones musicales; tales tablillas, sin embargo, han resultado imposibles de descifrar. Las partituras más antiguas que se han logrado interpretar confiablemente parecen ser las ‘Cantigas de Santa María’, 420 poemas con notación musical, escritos en lengua gallega hace ‘apenas’ nueve siglos.

Las creencias teológicas, repetimos, no demandan demostración alguna y solo necesitan fe. “No se entretengan con razonamientos que quizás ejercitan la inteligencia pero dejan frío el corazón”, decía un devoto sacerdote, mi profesor de religión en bachillerato.

De la misma forma, el deleite de la música tampoco requiere de lógica. “A pesar de haber estado en la música toda mi vida, me sigue maravillando”, escribe Amparo Ángel. “Lo más paradójico”, agrega la destacada pianista y compositora, “es que todavía no entiendo la música, no sé cómo puede escribirse en una partitura algo subjetivo que solo ‘comienza a existir’ en el momento de interpretarse. Amo la música y no la entiendo".

La fe devocional y el deleite de un concierto son experiencias íntimas. Es imposible cambiar una opinión religiosa o una preferencia musical a punta de razonamientos. Solo cada individuo, desde su propia consciencia, puede hablar en primera persona de tales experiencias.

Este columnista poco puede decir de sus creencias religiosas de juventud, aunque tiene clara la forma como le fueron sembradas en su cabeza durante la infancia. Sí sabe, en cambio, que cuando escucha ‘La Campanella’ de Liszt o ‘El día que me quieras’ de Gardel-Lepera entra en un estado de ensueño similar ―es su suposición― a los ‘éxtasis’ de la perfección espiritual. ¿Le ocurre algo parecido a usted, amigo lector, cuando oye aquellas preferencias musicales que, de alguna forma, le inspiran eternidad?

Las siete artes, en general, y la música, la más extendida de todas ellas, en particular, son expresiones grandiosas de la belleza, el gran enigma que con la vida y la consciencia conforman el trío de los interrogantes asombrosos, de cierta forma paralelos a los misterios de la Trinidad cristiana: la vida sería el Padre, el comienzo biológico del universo; la consciencia, el Hijo, la obra cumbre de la evolución; y la belleza… el Espíritu Santo. Los misterios cristianos, por definición, no son para ser comprendidos. Quizás, la vida y la consciencia sí serán descifradas durante el siglo XXI. ¿Pero la belleza? ¿Y la música? Como el Espíritu Santo, permanecerán incomprensibles por toda la eternidad.

GUSTAVO ESTRADA
Autor de ‘Hacia el Buda desde Occidente’@gustrada1

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