Opinión

‘Vikingos’, T4:E14

Allí, en medio de una descomunal borrachera, comienza el diálogo entre dos personajes históricos.

28 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

A finales de año los columnistas tememos aburrir si persistimos en sacarles jugo a las llagas de la realidad nacional. Por eso nos da por refugiarnos en temas ligeros para no amargar las navidades. Para mí, hacer recomendaciones tiene el riesgo de cargar con las decepciones de los lectores. Sin embargo, me voy a atrever con una serie, y en concreto con un episodio de la serie. Se trata de Vikingos, y el episodio es el 14, temporada 4.

Vikingos es la historia de Ragnar Lothbrok, quien en el siglo IX llevó a los vikingos hasta Inglaterra, donde se convirtieron en el azote de los reinos locales. La habilidad para el saqueo y la guerra lo convirtió en una leyenda. Coronado como rey de los vikingos llegó hasta París, donde, si bien no tomó la ciudad, pudo reclamar un valioso botín para abandonar el asedio.

Aunque Ragnar fue un personaje real, así como las incursiones y batallas representadas, la serie se toma muchas libertades. Es presentado como un hombre de Estado, como un creador de civilización. Alguien que, si bien saquea y comete masacres, tiene la visión de construir un lugar en la historia para su pueblo.

Detrás de los proyectos para los pueblos, incluso aquellos que los engrandecieron ante la historia, rondan la más pura ambición y vanidad personal.

Pero ya a mediados de la cuarta temporada, Ragnar es un hombre derrotado. Su prestigio se diluye porque ya se sabe que dejó que el rey Alfredo masacrara a traición a los colonos vikingos asentados en Inglaterra. Ragnar simuló no haberse enterado para no postergar su expedición a París. Entonces, huyendo del desprestigio, partió en una expedición suicida a Inglaterra. No demoró el rey Alfredo en capturarlo.

Y aquí comienza una escena inolvidable. Alfredo pide que lo dejen a solas con el prisionero. Allí, en medio de una descomunal borrachera, comienza el diálogo entre dos personajes históricos, en el cual se sinceran sobre el sentido del poder. El telón de fondo es la forma como debe ejecutar a Ragnar. Ambos comprenden que es una decisión inevitable. En un momento dado hablan de la fe. Alfredo, un genuino creyente, dice que la religión es lo que les da sentido a todas las decisiones sobre el destino de los pueblos. Ragnar se burla, no cree en el Valhala, el cielo vikingo. Al final son honestos: la fe no fue necesaria para hacer lo que hicieron.

La sensación de la escena de los dos borrachos es desoladora. Detrás de los proyectos para los pueblos, incluso aquellos que los engrandecieron ante la historia, rondan la más pura ambición y vanidad personal.

GUSTAVO DUNCAN

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