Opinión

Oportunidad

En las próximas elecciones se deben atacar las transacciones entre el Ejecutivo y la clase política.

25 de enero 2018 , 12:00 a.m.

El principal problema del país hoy es, de lejos, la corrupción, y no existe una bala de plata para solucionarlo con un solo movimiento. Al igual que con la violencia, que tomó décadas para apaciguarla y no ha terminado de resolverse, acabarla tomará mucho tiempo. Es probable, incluso, que no se esté siquiera en el centro del huracán y la situación empeore.

No obstante, las próximas elecciones presidenciales ofrecen una oportunidad única para atacar una de las causas inmediatas de la corrupción: las transacciones entre el Ejecutivo nacional y la clase política.

En Colombia se acostumbró a que el presidente repartiera puestos, contratos y presupuesto para asegurar la aprobación de su agenda de gobierno en el Congreso y el respaldo de las clientelas en las votaciones. La situación, además, pareciera haber ido a peor con la introducción de la reelección porque el presidente no solo necesita votos para sus amigos, sino para él mismo.

El caso de Odebrecht lo dice todo. El Presidente recibió los votos de ‘Ñoño’ Elías, quien a su vez recibió un dinero de una firma contratista, y esa misma firma, como contraprestación, fue favorecida por decisiones del Gobierno en procesos contractuales. En el intermedio estuvo un funcionario público, Roberto Prieto, quien se hizo con jugosos contratos.

En Colombia se acostumbró a que el presidente repartiera puestos, contratos y presupuesto para asegurar la aprobación de su agenda de gobierno en el Congreso.

Esta manera de manejar el país puede recibir un golpe contundente porque la clase política, dentro de su lógica de negociar con quien maneja la chequera, ha puesto los huevos en una sola canasta. No es un secreto que Vargas Lleras es su candidato. Y, en principio, si pierde las elecciones, lo cual es muy probable según las últimas encuestas, la clase política podría quedar por fuera de la burocracia y el presupuesto.

Ya Fajardo ha puesto en el centro de su agenda una nueva forma de relacionarse con los políticos. Pinzón, igual. El uribismo tampoco se ha quedado quieto. Descartó candidatos asociados con la política tradicional como Ramos y Zuluaga y apostó por Duque o eventualmente por Ramírez, quienes representan una forma moderna de gobernar. Más a la izquierda está un Petro al que se lo puede acusar de populista, pero, hasta ahora, no de clientelista.

Sin embargo, la experiencia no da para ilusiones. En su desespero, los candidatos tienden a recibir todo tipo de apoyos. Si algo debe evitar la sociedad es que la clase política se reinvente en otro candidato si el suyo falla.

GUSTAVO DUNCAN

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