Opinión

No debería ser el fin

Las disidencias que surgen, como la de ‘Guacho’, no son más que ejércitos de señores de la guerra.

19 de abril 2018 , 12:00 a.m.

La captura de ‘Santrich’, filmado en la más bochornosa actuación de traqueto que un revolucionario pueda permitirse, ha llevado a muchos a afirmar que se trata del fin del proceso de paz. Es cierto que fue un golpe duro a su credibilidad, pero no debería ser el fin.

De entrada, hay que recordar que el objetivo principal del proceso se cumplió y es irreversible: la desmovilización de una guerrilla jerarquizada, con aspiraciones de poder nacional y con capacidad de unificar la acción de todos sus componentes. Es imposible para Timochenko, Márquez y demás mandos volver a organizar su tropa. Las disidencias que surgen, como la de ‘Guacho’, no son más que ejércitos de señores de la guerra. Solo eso es ya un éxito incuestionable.

¿Qué puede salir mal, entonces? Dos cosas. Por un lado, que la jefatura de la Farc no pueda insertarse en la política legal. Eso no está mal per se. Hay abundantes fuerzas de izquierda radical que pueden representar las preferencias de los electores sin tener tras de sí todo un legado de delitos de lesa humanidad que no han sido reconocidos y de víctimas que no han sido reparadas.

En realidad, la reforma rural integral y los procesos de sustitución de cultivos van mal por la falta de recursos públicos y la mediocridad del Gobierno.

Son fuerzas que, por la experiencia que tienen en la competencia democrática, no cometen en sus prácticas cotidianas los errores que acostumbra la Farc y que le cuesta a la población que se identifica con ellos ser considerada en el debate político. Para dar una idea de la magnitud de esos errores, basta decir que Rafael Caro Quintero, el narco al que ‘Santrich’ le dedicó un cuadro, en los 80 traficó con la CIA para financiar a los ‘contras’ en Centroamérica.

Por otro lado, hay preocupación de que las reformas sociales de los acuerdos no se cumplan por el desprestigio en que han caído las Farc. En realidad, la reforma rural integral y los procesos de sustitución de cultivos van mal por la falta de recursos públicos y la mediocridad del Gobierno. Aun sin el escándalo reciente, la capacidad de la Farc de influir sobre las decisiones políticas es mínima, tal como lo demostraron sus escasos 52.000 votos en las elecciones a Senado.

Será tarea de otros que las reformas acordadas en La Habana se lleven a cabo. Algunas, como que el Estado por fin disponga de un catastro rural que cubra todo el territorio nacional, son prioritarias con o sin proceso. De hecho, la Farc, por su torpeza y su desprestigio, es más un estorbo que una ayuda para sacarlas adelante.

GUSTAVO DUNCAN

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