Opinión

En Bogotá

Es en el Estado central donde se cuecen los grandes negocios de la corrupción.

23 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

El antiuribismo ha cegado a muchos. Cualquier ataque a Santos es visto como una concesión a Uribe y, en consecuencia, prefieren pasar por alto las denuncias y críticas, aunque existan buenos fundamentos para tomarlas en serio. Igual sucede con el uribismo visceral, que no es capaz de reconocer que muchas de las fallas de Santos van más allá de su gobierno. Son problemas estructurales de la política colombiana, y su solución traspasa las volátiles coaliciones partidistas que se hacen para ser elegido y para gobernar.

El escándalo de Odebrecht es diciente de una situación que abarca todo el espectro político. No puede achacarse a un grupo en particular. La atención se centra hoy en el entorno del presidente Santos, porque ganó las elecciones. Si Zuluaga hubiera ganado, los cuestionamientos estarían dirigidos a su entorno, a indagar cómo el pago de un millón de dólares al publicista de su campaña favoreció unas concesiones.

Lo que la polarización entre uribistas y antiuribistas no deja ver es que el escándalo reciente demostró que el eje de la corrupción no está en las regiones, como se creía, sino en Bogotá. Es en el Estado central donde se cuecen los grandes negocios, y quienes los dirigen no tienen mayores reatos morales para sacar una tajada si la oportunidad se presenta. De Prietos están llenos los círculos con que gobiernan los presidentes.

Lo que la polarización entre uribistas y antiuribistas no deja ver es que el escándalo reciente demostró que el eje de la corrupción no está en las regiones, como se creía, sino en Bogotá.

Es más, pareciera que la corrupción de provincia son los restos que se dejan para contentar a los más débiles en la cadena alimentaria. Para aglutinar sus votos están los ‘Ñoños’ y los ‘Musas’, quienes se encargan de la parte fea de la política. A cambio, en Bogotá les permiten participar en una tajada de los grandes negocios. Así ha ocurrido desde hace muchas presidencias; y la izquierda, cuando tuvo la alcaldía de Bogotá, salió con los hermanitos Moreno.

Ante semejante realidad, es una tontería dividir la política entre partidos buenos y malos. La alternativa más sensata es un gran acuerdo nacional de los líderes de los partidos para frenar la corrupción. En concreto, para rechazar las ventajas electorales que otorgan las alianzas con políticos clientelistas, contratistas del Estado y organizaciones criminales.

Para alcanzar la paz se hablaba de acabar con la combinación de todas las formas de lucha. Ahora, para acabar con la corrupción, hay que hablar de acabar con la combinación de todas las formas de votos.

GUSTAVO DUNCAN

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