Opinión

El perdón

Sin una expiación pública creíble, el efecto puede ser el opuesto: el de heridas que se abren.

14 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

El perdón es necesario. Es el alivio al rencor y al dolor de las víctimas. Sin perdón no hay reconciliación. Pero sin una expiación pública creíble, el efecto puede ser el opuesto: el de heridas que se abren.

Heridas que inevitablemente serán utilizadas en la arena política. La democracia es acerca de convertir en votos los sentimientos y necesidades de la gente, desde las más nobles hasta las más mezquinas. Las víctimas que dejaron las Farc fueron demasiadas, y en demasiados lugares. Si no se ganan el perdón, lo menos que pueden esperar es que una parte de la clase política explote en su discurso la indignación que produce el cinismo del victimario.

Interpretar los abortos y las violaciones como un pretexto irracional para reservar los acuerdos con las Farc es infame.

No será necesario ni siquiera hacer trizas los acuerdos. Con muy poco es suficiente para justificar un replanteamiento de las concesiones hechas. Basta, por ejemplo, utilizar el tema de los abortos para reversar las curules y los beneficios de la justicia transicional a los jefes de las Farc. Es relativamente sencillo demostrar que era una práctica obligatoria, institucionalizada en los reglamentos, y que no existía la libertad para abandonar la guerrilla si se decidía continuar el embarazo.

Las violaciones o, para ser más preciso, el sexo no consentido sacando provecho de la posición jerárquica no eran una práctica institucionalizada. No obstante, los testimonios indican que eran bastante frecuentes. Sobre algunos mandos que hoy aspiran a hacer política, como Bayron Yepes, pesan acusaciones que van a ser utilizadas, como tiene que ser, en la próxima campaña.

Interpretar los abortos y las violaciones como un pretexto irracional para reservar los acuerdos con las Farc es infame. El dolor causado a miles de mujeres jóvenes, muchas de ellas menores de edad, fue real. Lo justo es obligar a las Farc a que asuman públicamente el daño causado y se ganen el perdón. Es lo mínimo para asegurar la legitimidad del proceso. Por eso sorprende el silencio de feroces defensoras de mujeres como Ángela Robledo y Aida Avella, por solo citar un par. Ni un solo trino les gastaron a las denuncias.

El tema de fondo es que la reconciliación se alcanza no cuando políticos opuestos al proceso, sean Uribe o Vargas Lleras, se decidan a aceptar a las Farc como legítimos contendores, sino cuando la sociedad sienta que las Farc, en sus actos públicos y al margen de lo que hagan otros victimarios, tienen un compromiso sincero con las víctimas.

GUSTAVO DUNCAN

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