Opinión

El costo de las R

La reelección ha agudizado los comportamientos corruptos y clientelistas del sistema político.

21 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

En política son usuales las traiciones. La competencia por el poder es un juego despiadado y muchas de las promesas se rompen, casi que de manera natural, cuando las circunstancias cambian. A pudo haber ayudado a B a llegar a una posición, pero ahora B no devuelve el favor porque la agenda de A es opuesta a los intereses de B. Lo conveniente para B es respaldar a C, que cuenta con mayores recursos y cargos para repartir. Igual, si B decide mantener su lealtad, el resultado probable es que de todos modos C se imponga y ambos, A y B, pierdan.

En la práctica es fácil identificar ejemplos concretos. Es para todo el país conocida la traición de Santos a Uribe, quien lo hizo elegir presidente pese a su pobre desempeño en campañas previas. Puede interpretarse la traición como un mal síntoma de las cualidades personales del presidente Santos. Sin embargo, su deslealtad fue beneficiosa para la democracia porque creó una ruptura que propiciaba los contrapesos y el control político entre las principales facciones del poder en Colombia.

En un sistema tan corrupto, en que hasta los magistrados chantajean a los clientelistas más avezados, la traición evita que todo se reduzca a una gran colusión para cerrar la competencia democrática y obstaculizar la vigilancia política. Y, justamente por eso, la reelección ha agudizado los comportamientos corruptos y clientelistas del sistema político.

Antes, al concluir su mandato de 4 años, el presidente no tenía cómo exigir reciprocidad por los favores otorgados. Desde contratos hasta postulaciones a cargos en el Ejecutivo y la justicia eran compromisos que en algún momento tenían que ser correspondidos. Pero, como el contrato y las postulaciones eran cosa del pasado, la devolución del favor dependía del sentido personal de gratitud.

Con la reelección la cosa cambió: el presidente tenía otro período para cobrar favores. De allí que, luego de un contrato a un congresista de provincia, el Gobierno Nacional no se conformaba, como era usual, con el trámite de una ley, sino con votos para las próximas elecciones y, si era el caso, con dinero para financiar campañas donde las clientelas estaban con la oposición. Igual sucedía con las nominaciones en la justicia. Ya no era para cuidar las espaldas del expresidente, sino para neutralizar a sus enemigos en la arena política.

El costo de las dos R, reelección y reciprocidad, fue enorme.

GUSTAVO DUNCAN

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