Opinión

Metamorfosis china: de neomercantilista a librecambista

¿Cómo un país agrario como China, herencia maoísta, logró hacer esta transformación gigantesca?

18 de febrero 2017 , 09:24 a.m.

China ha sufrido una transformación estructural y cuantitativa de enormes proporciones. Por un lado, es el cuarto país de más alta complejidad productiva, es decir, su economía es una de las más diversificadas del mundo (Cristelli y otros, 2014), mientras los países más especializados son los más pobres; y por otro, El PIB chino, valorado a precios de EE. UU., fue el primero en el mundo el año pasado y lo será en el 2050 (PWC, ‘The Long View: How will The Global Economic Order Change by 2050?’), mientras EE. UU. está segundo y caerá al tercer puesto en el 2050, por debajo de los chinos e indios.

¿Cómo un país agrario como China, herencia maoísta, logró hacer esta transformación gigantesca? El Banco Mundial y los economistas ortodoxos dirán que fue la magia del mercado; sin embargo, lo que la potencia asiática ha hecho es implantar una política neomercantilista, proteccionista, nacionalista y de desarrollo de las fuerzas productivas, así como lo hicieron los países desarrollados de hoy, con Inglaterra (1486-1846) a la cabeza y EE. UU. (1814-1914), con la salvedad de que China lo hizo con el respaldo del capital extranjero bajo las condiciones impuestas por China.

¿Qué reglas impuso Pekín al capital extranjero después de que EE. UU. accedió a darle estatus de nación más favorecida y permitió su admisión en la OMC en el 2000?

En primer lugar, China exigió un porcentaje de exportaciones a las empresas foráneas que planeaban entrar en el mercado de esa nación. Ningún inversionista ingresa en ella a depredar el mercado interno sin que genere divisas. En segundo lugar, obliga a un porcentaje de compras en partes nacionales a las empresas que se instalen allí; esta condición genera una cadena de valor agregado nacional, al mismo tiempo que se aprende haciendo. En tercer lugar, impone un porcentaje de reinversión de utilidades; no se desangra la economía por repatriación de utilidades, y la acumulación interna se expande. Y en cuarto lugar, pide la creación de empresas conjuntas entre capitalistas extranjeros y empresas locales, pues de esta manera hay transferencia tecnológica directa.

Estas condiciones permiten la generación de efectos acumulativos que se retroalimentan, benéficos para la economía china. Al mismo tiempo que hace política industrial, promueve también las exportaciones, logrando acumular un superávit comercial cercano a los cuatro billones de dólares en 25 años, y un billón de dólares en bonos del tesoro de los EE. UU. (Patrick J. Buchanan, ‘Is Trump Calling Out Xi Jinping’? Dec. 6-2016).

En estas condiciones, el gobierno de Barack Obama con Hillary Clinton diseñaron la Alianza Transpacífica (TPP) sobre la tesis del Pivote Asiático, que correspondería a EE. UU., con el fin de aislar a China y evitar su expansión hacia los vecinos.

Por su parte, el presidente Donald Trump suspendió el acuerdo del TPP, que reconforta al gigante asiático. Sin embargo, al mismo tiempo Trump sacó del clóset la tesis de las Dos Chinas, es decir, la existencia conjunta de Taiwán y China continental, y telefoneó a la presidenta de Taiwán, desacomodando la tesis de una sola China. Es decir, Pekín tiene ante sí a un ambivalente Trump, impredecible. Poco después, el presidente estadounidense echó reversa y volvió a la tesis de una sola China. Es decir, parece que este mandatario se está acomodando a la ‘realpolitik’ pero todavía mantiene la amenaza, desde la campaña electoral, de imponer un arancel del 45 % a los bienes chinos.

A la acostumbrada reunión de los billonarios y corporativos en Davos de enero pasado, en estas circunstancias no se presentó la delegación de Washington, pero sí lo hizo por primera vez en 40 años de su existencia el presidente Xi Jinping para criticar a Trump: “Buscar el proteccionismo es como encerrarse en un cuarto oscuro, que parece protegernos del viento y la lluvia pero también bloquea el sol y el aire (…). Hacer una guerra comercial solo causará lesiones y pérdidas a ambas partes”. ¡Quién lo creyera! Los chinos defendiendo el orden global comercial, que de manera especial China ha manejado a su favor.

Pero no es para sorprenderse si se mira la flecha de la historia. Eso fue lo que hicieron Inglaterra, EE. UU., Alemania y Japón: se encerraron, persiguieron políticas comerciales restrictivas externas, promovieron la industria con aranceles y gasto público en infraestructura y subsidios. Y lo siguen haciendo con la investigación y desarrollo experimental en nuevas moléculas medicinales, en las tecnologías de la información y la comunicación, la robotización, la nanotecnología, etc., mientras protegen a sus sectores agrícolas y venden a precios de ‘dumping’ en el mercado mundial, convirtiendo en compradores a los países que supuestamente serían productores de bienes agrícolas, como Colombia, México, etc.

Puede que se convierta en adalid del libre comercio y tenga sus luchas comerciales con EE. UU., pero China, al igual que todos los países desarrollados, patean la escalera, imponiendo el libre comercio, por la que subió para que ella no pueda ser usada por los países industrialmente atrasados, parafraseando a Federico List en su Sistema Nacional de Economía Política.Guillermo Maya

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