Opinión

¿La gloria o la plata?

Gran parte de la comunidad científica está más comprometida con las empresas que con la verdad.

29 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

“Es muy difícil hacer que un hombre entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda”: Upton Sinclair.

El italiano Giordano Bruno, astrónomo, matemático, filósofo y poeta, fue ejecutado, sin derramamiento de sangre, es decir, quemado vivo, por la Santa Inquisición el 19 de febrero de 1600 por haberse negado a retractarse de sus opiniones religiosas y sobre su teoría —una entre ellas— de que el sol es simplemente una estrella entre muchas en la infinitud del universo.

Sin duda alguna, Bruno desafiaba el poder de la Iglesia católica al exponer sus teorías, en contradicción con la exégesis religiosa bíblica, en un mundo en el cual la religión sacralizaba el orden social y reglaba la vida de las personas en la obediencia a sus señores y a la doctrina religiosa.

En este caso, Bruno, quien no deducía de la exégesis bíblica sus teorías físicas, sino de la experimentación y la observación, fundamentos del método científico moderno, fue ajusticiado.

Al contrario, los llamados expertos o científicos modernos en muy pocos casos se enfrentan al poder, en contracorriente. El interés económico privado es el principio ordenador de las instituciones sociales y las reglas se ajustan a esa lógica, al igual que las organizaciones universitarias y de investigación. La ciencia se convierte en subalterna del lucro personal o corporativo. Es decir, los científicos son funcionales a esos intereses, y muy pocos están dispuestos a “morir” por la verdad como Giordano Bruno, enfrentando la exclusión en publicaciones, puestos, bolsas de investigación y, en muchos casos, el descrédito.

En el caso del cambio climático, el romance de los científicos con la ciencia y la verdad no siempre ha sido armonioso con los propios resultados de sus investigaciones. Es decir, los científicos contratados por las petroleras ‘suavizaron’ la evidencia sobre los efectos que la combustión del petróleo provocaría sobre el clima.

Los llamados expertos o científicos modernos en muy pocos casos se enfrentan al poder, en contracorriente

En 1968, el ‘Informe Robinson’, de autoría de Elmer Robinson y R. C. Robbins, científicos de Stanford Research Institute, contratado por el American Petroleum Institute (API), “advertía que el aumento del nivel de CO2 probablemente resultaría en un aumento de las temperaturas globales y previnieron que si las temperaturas aumentaban de manera significativa, el resultado podría ser la fusión de los casquetes polares, el aumento del nivel del mar, el calentamiento de los océanos y graves daños al medioambiente a escala global” (www.smokeandfumes.org).

Sin embargo, en 1969, el API encargó de manera apresurada un informe “suplementario” a Robinson, con un enfoque más escéptico y más ambiguo, que sirvió para cuestionar la ciencia del clima, y que la industria petrolera y los escépticos del cambio climático continuaron citando durante años.

Es decir, la industria petrolera sabía del calentamiento global y de sus efectos. Sin embargo, financiaron campañas, y todavía lo hacen, que niegan el calentamiento global, al igual que el actual presidente de Estados Unidos, Donald Trump. En este caso triunfaron los intereses económicos sobre los de la humanidad.

De otro lado, en cuanto a los organismos genéticamente modificados (OGM), el 30 de junio de 2016, 107 nobeles firmaron una carta a favor de los OGM, y cuestionaron a las organizaciones que se oponen “a las innovaciones biotecnológicas en la agricultura, y que han tergiversado sus riesgos, beneficios e impactos”.

Los OGM “son tan seguros, si no más seguros, que los derivados de cualquier otro método de producción. (….) Se ha mostrado en repetidas ocasiones que son menos perjudiciales para el medioambiente y una gran ayuda para la biodiversidad global”.

En consecuencia: "Instamos a Greenpeace y a sus partidarios a reexaminar la experiencia (…) de todo el mundo con cultivos y alimentos mejorados a través de la biotecnología, reconocer las conclusiones de los organismos científicos competentes y las agencias reguladoras y abandonar su campaña contra los OGM”.

¿Estos nobeles se apoyan en la evidencia? No demuestran. Dicen: “Crean en nosotros”. Los OGM es un campo abierto de debate, que no está cerrado ni debería cerrarse con el argumento de autoridad. Deotro lado, es muy sospechoso que las empresas biotecnológicas se resistan al etiquetado, “este producto contiene OGM”; y, además, que los organismos regulatorios den permisos de siembra sobre la base de los estudios entregados por las propias corporaciones, un yo con yo, como se acaba de revelar en Argentina: “La comisión que aprueba los transgénicos está en manos de investigadores vinculados a las empresas” (pagina12.com.ar, agosto 12-2017).

Gran parte de la comunidad científica está más comprometida con las empresas que con la verdad. Fue negligente y cómplice de las petroleras, al igual que lo fue con las compañías tabacaleras, farmacéuticas, automovilísticas (Volkswagen alteró el valor de las emisiones para que no fueran detectadas por los medidores de contaminantes), la llamada ‘minería bien hecha’, etc. Tampoco se escapan los economistas con sus recetas de libertad de mercado y finanzas desreguladas que llevaron la economía a la catástrofe en 2008-2009, condenando a millones de familias a la pobreza y desempleo.

GUILLERMO MAYA

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