Opinión

La economía naranja sin madurar

Hay que promover el talento nacional, pero las fuerzas del mercado no lo harán por sí solas.

14 de julio 2018 , 12:00 a.m.

‘La economía naranja, una oportunidad infinita’ es el libro que el presidente electo 2018-2022, Iván Duque y su coautor, Felipe Buitrago, publicaron bajo los auspicios del BID en el 2013, y que ha recibido numerosos menciones laudatorias, de campaña política, sin ninguna mirada crítica.

Este libro, pero que no es tal, tiene el formato de una exposición larga en PowerPoint, el programa más usado para exposiciones y conferencias, que ayuda a visualizar conceptos, estadísticas y gráficas y que facilita la exposición del conferenciante, pero que en este caso la lectura se hace aburrida y tediosa.

¿Qué se entiende por economía naranja? Según los autores, “la economía creativa, en adelante la economía naranja, representa una riqueza enorme basada en el talento, la propiedad intelectual, la conectividad y por supuesto, la herencia cultural de nuestra región”. ¿Por qué naranja? Porque el color naranja simboliza la creatividad.

Los autores Duque y Buitrago afirman que: “Este manual puede o no leerse de corrido. Cada letra y cada símbolo han sido cuidadosamente ubicados para compartir ideas y generar conocimiento. Presenta ideas en lugar de párrafos. Información en lugar de datos. Tiene conceptos en lugar de imágenes”.

Este es un párrafo poco afortunado: Tiene ideas y no párrafos. Es como decir que los párrafos en los libros no presentan ideas. Información y no datos. Bueno, los datos son una información cuantitativa, y este libro hace un uso abusivo (demasiados números) de los mismos desde el principio. También tiene más imágenes que conceptos.

La economía naranja incluye los bienes y los servicios creativos. En cuanto a los bienes, están: “las artes visuales y ‘performativas’ (artes escénicas, las actuaciones y presentaciones), la artesanía, el audiovisual, diseño y nuevos medios. En cuanto a los servicios creativos: arquitectura, cultura y recreación, investigación y desarrollo, y la publicidad”. En resumen: bienes culturales, ciencia y tecnología, y hasta publicidad.

El mayor número de patentes son generadas en los países desarrollados, que en muchos casos cuentan con una fuerte intervención de los gobiernos en el desarrollo de las nuevas tecnologías.

El acuñamiento del concepto de “economía creativa o naranja”, reconocen los autores, se debe a John Howkins, autor del libro ‘La economía creativa’ (2001), quien tiene como su principal interés el uso de patentes para proteger la propiedad intelectual, como instrumento y apoyo de la economía creativa (http://www.creativeeconomy.com/john.htm). Y este también es el propósito de Duque-Buitrago. La economía naranja es un negocio. Los productos creativos dan lugar a derechos de propiedad intelectual, y estos derechos hay que protegerlos para favorecer su desarrollo.

Este parece ser el centro de su discusión: respetar los derechos de propiedad y proteger los bienes culturales con patentes, al mismo tiempo que se resalta la contribución de estos bienes a la economía mundial: “Si (la economía naranja) fuera un país, sería la cuarta potencia económica con 4,3 billones (millones de millones) de dólares de PIB, 2,5 veces el gasto militar del planeta, y un total de 144 millones de trabajadores” (Duque-Buitrago).

Sin embargo, el mayor número de patentes son generadas en los países desarrollados, que en muchos casos cuentan con una fuerte intervención de los gobiernos que corren los riesgos de la inversión en el desarrollo de las nuevas tecnologías, como el GPS, la pantalla táctil, el desarrollo de internet, etc. Estas innovaciones luego son incorporadas por las empresas en sus productos, como en el caso de Apple, y que se privatizan en formas de patentes y nuevos productos, como ha señalado Mariana Mazzucato. Es decir el Estado tiene un papel importantísimo en la innovación científico-tecnológica. No es cierta, entonces, la pregunta ¿cómo se explica, entonces, que la economía naranja reciba tan poca atención (…) de los gobiernos en particular?” (Duque-Buitrago). En Latinoamérica sí. Asia es otra cosa con China, India y Corea, con una fuerte inversión en educación ciencia y tecnología.

Por otro lado, los autores Duque-Buitrago pasan de largo ante el hecho de que el entramado institucional internacional está estructurado para el beneficio de los países desarrollados que han utilizado los llamados tratados de libre comercio para imponer los derechos de propiedad intelectual de las transnacionales sobre las naciones atrasadas, al mismo tiempo que reciben en contraprestación licencia de corso para patentar la flora y la fauna nacionales para propósitos comerciales, con un costo enorme para su economía y los presupuestos públicos en salud, por ejemplo, debido a las modificaciones introducidas a las patentes de los medicamentos.

Estas asimetrías “creativas” entre países desarrollados y países atrasados ¿qué opción le dejan a estos últimos? ¿Significa esto que se deben dedicar a las actividades creativas “tradicionales” y abandonar el campo de la C&T para los países desarrollados? Ese es el camino del atraso, aunque se tenga la última tecnología en teléfonos y conectividad en el bolsillo. La clave de la tecnología no es consumirla sino producirla.

Sin duda, hay que promover el talento nacional, artístico y científico, pero las fuerzas del mercado no lo harán por sí solas, es necesario un gasto creciente para su promoción, en el marco de un sistema nacional de innovación.

GUILLERMO MAYA

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