Opinión

Fajardo: presidente 2018-22

Es una apuesta por el desarrollo de las capacidades nacionales para la transformación de Colombia.

10 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

Desde que Sergio Fajardo apareció en la escena política de Medellín como candidato a la alcaldía de la ciudad, con un discurso moderado, de profesor universitario, y tono pedagógico, se convirtió en una opción política para la ciudadanía. Ganó la alcaldía en 2003 con una votación excepcional.

Luego fue candidato presidencial, pero tuvo que consolarse con ser la fórmula vicepresidencial de la candidatura presidencial de Antanas Mockus en 2010. Pasaron a la segunda vuelta, con amplio favoritismo, pero el candidato de Uribe en ese entonces, Juan Manuel Santos, fue electo. En 2011, Fajardo ganó la Gobernación de Antioquia (2012-2015).

Es decir, en menos de una década, los resultados de Fajardo son exitosos, sin duda, y eso lo ha puesto ante la opinión para ser considerado con seriedad como futuro presidente de Colombia, sin haber tenido militancia partidista, sin maquinaria partidista y sin presupuestos públicos, a diferencia de la mayoría de los políticos colombianos. Una opción ciudadana.

¿Por qué votar por Fajardo? En estas elecciones presidenciales de 2018, los Acuerdos de la Habana entre el gobierno y las Farc, que llevaron a su reincorporación a la vida civil, entregando las armas y haberes y los ha puesto a hacer política, están en peligro de continuidad es caso de que la derecha gane los comicios.

Los Acuerdos de la Habana, entre las Farc y el gobierno de Santos, es lo más razonable que haya hecho la dirigencia colombiana hasta el presente para poner fin al conflicto armado. Al mismo tiempo que se deja de criminalizar el movimiento social, a sus dirigentes y sus reivindicaciones.

Frente a los Acuerdos, la estrategia de la derecha, representada en el Centro Democrático uribista, es azuzar al resentimiento que muchos colombianos sienten por las guerrillas, y que el accionar del ELN sigue estimulando, para desmontar los Acuerdos y “hacerlos trizas”. Al mismo tiempo que, sin distinguir tiempo y lugar, infunden miedo con la reincorporación de las Farc a la vida política electoral. En este sentido, señalan que Colombia se convertiría en un sistema "castrochavista", en donde todos serían expropiados y llevados a la ruina. Un sin sentido. Aquí en Colombia nunca se ha repartido ninguna bonanza, petrolera o minera, y mucho menos la tierra. Si los colombianos quieren algo lo tienen que trabajar. Los únicos que han vivido de gorra en Colombia son los miembros de la clase política.

Frente a la perspectiva de que la derecha gane las elecciones de congreso en marzo y las presidenciales de mayo, y que con ello el país sea retrotraído a un pasado en el que se uso la violencia como instrumento político es necesario salir a votar por una propuesta más civilista y que respete los Acuerdos de la Habana.
La violencia en Colombia que no ha sido solo monopolio de la guerrilla, ha servido para el reforzamiento de una estructura social y económica de inmensas desigualdades y escasas oportunidades para las mayoría nacionales, y que no pudo ser transformada por la Revolución en Marcha de López Pumarejo (1936-1940), durante la llamada República Liberal (1930-1946).

En cambio, especialmente, las políticas agrarias redistributivas de la Revolución en Marcha fueron convertidas, por la oposición política de las elites tradicionales conservadoras, en motivo para desatar el peor conflicto violento que ha sufrido la sociedad colombiana en toda su historia, y que tomó el nombre genérico de La Violencia, y que tuvo su punto más alto con el asesinato del líder popular Jorge Eliecer Gaitán. El propósito era eliminar las mayorías del partido liberal.

Las tumbas de 300 mil colombianos es la confirmación de tan monstruoso episodio, y que luego se expandió bajo otras consignas y otros estandartes para seguir juntando muertos y destrucción. Esta última etapa del conflicto es la que se ha terminado con los Acuerdos de la Habana, mientras la primera se terminó, sin condiciones, a pesar del número de muertos, con el Frente Nacional, bajo la promesa de repartir el poder entre la minoría conservadora y la mayoría liberal, excluyendo al resto de colombianos.

Por lo tanto, la propuesta política actual que más sirve a las conveniencias colombianas para derrotar el extremismo es la candidatura de Fajardo, impulsada por la Coalición Colombia que se ha formado alrededor de Fajardo, Claudia López, y Jorge Robledo.

El programa de la Coalición Colombia podría ser sintetizado como cero corrupción y mucha educación. Es decir, es una apuesta por el desarrollo de las capacidades nacionales para la transformación productiva y social de Colombia, al mismo tiempo que se declara a favor de los acuerdos de la Habana.

Finalmente, debo aclarar que he sido un crítico de muchas de las actuaciones de Fajardo como Alcalde de Medellín y Gobernador de Antioquia. Sin embargo, considero, que una opción política nacional, como la de Sergio Fajardo hoy, no puede ser evaluada considerando solo los hechos locales. Tenemos que dejar a un lado las pequeñeces lugareñas por el bien común nacional.

GUILLERMO MAYA

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