Opinión

El 2 de octubre: 'Sí' al plebiscito

Después de 50 años, las Farc se aprestan a participar en el juego democrático luego de reconocer que la vía armada no es solución sino problema.

30 de septiembre 2016 , 04:29 p.m.

“Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras” (Cicerón, 106-43 a. de J. C.).

La narrativa histórica sostenida por algunos sectores sociales es que Colombia era un paraíso hasta que llegaron las “culebras” de las Farc y sembraron la violencia y la discordia, especialmente en el campo, que vivía en la mayor de las armonías sociales entre los campesinos que labraban sus tierras y los terratenientes que sin descanso aumentaban las propias, gracias al esfuerzo personal de años de incansable trabajo.

Esta visión no corresponde a la realidad histórica. Las Farc son solamente un eslabón de una larga cadena de violencia. Colombia cerró el siglo XIX y abrió el XX –como iría a pasar con el cierre del siglo XX y la apertura del XXI– con la Guerra de los Mil Días, originada en la hegemonía conservadora desde 1886. Cerca de 100.000 personas perdieron la vida, al igual que se perdió el canal de Panamá.

Finalmente, los conservadores fueron derrotados en 1930, después de 44 años de hegemonía confesional, dando paso a la hegemonía liberal (1930-1946), que puso en marcha importantes políticas sociales y económicas, como la Ley 200 o Ley de Tierras, desatando la intransigencia e intolerancia de los viudos del poder.

El vil asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 dio inicio a la peor violencia que el país haya vivido en toda su historia, por cerca de 10 años, con dos millones de desplazados (25 % de la población de entonces) y unos 300.000 muertos. ¿Quién pidió perdón entonces por estas atrocidades?

Los partidos Liberal y Conservador, que habían desangrado el campo colombiano, con responsabilidades diferenciales, negociaron un acuerdo de convivencia política, el Frente Nacional (1958-1974), que significó la exclusión política de amplios sectores sociales y de sus expresiones partidistas, y agregaría nuevos conflictos, a pesar de que logró aclimatar una relativa calma social, entre una población exhausta por la violencia.

Las Farc, nacidas en los años 60, al igual que el ELN y posteriormente el M-19 –en paralelo con la política de seguridad nacional patrocinada por EE. UU. para evitar la repetición del ejemplo de la Revolución Cubana–, se convirtieron en organizaciones que perseguían la toma del poder por la vía armada.

Sin embargo, la amenaza guerrillera para la viabilidad política y económica del país fue contenida con un creciente gasto militar y la colaboración de EE. UU., logrando construir el mayor pie de fuerza en Latinoamérica, mientras se mantenía vigente la democracia electoral, y los negocios marchaban bien, como siempre.

La economía del país nunca dejó de crecer, incluso si se compara su tasa anual del PIB con uno de los países más relevantes de Latinoamérica, como Chile, por ejemplo: en el periodo 1961-69 creció 5,08 % (4,37 %); 1970-79, 5,81 % (2,48 %); 1980-89, 3,40 % (4,39 %); 1990-99, 2,86 % (6,38 %); 2000-09, 4,14 % (3,74 %). (Datos de Chile entre paréntesis.)

Igualmente, la concentración del ingreso se hizo mayor. El índice Gini, que mide la concentración del ingreso, aumentó de 0,47 en 1990 a 0,59 en el 2002, y se ha mantenido por encima del 0,53 desde entonces.

También, el coeficiente Gini aplicado a la propiedad de la tierra era 0,74 en 1974, 0,70 en 1980, 0,81 en 1996, y actualmente está en cerca de 0,90. Los terratenientes sin descanso y pausa utilizaron el conflicto armado para aumentar su participación territorial en el total.

Sin embargo, a los grandes propietarios territoriales no les gusta pagar impuestos. Tampoco al resto de la élite económica y política, que prefiere los paraísos fiscales: “El valor catastral de toda la Colombia rural equivale a un tercio del catastro de Bogotá” y “el predial, actualmente, es regresivo: la tarifa efectiva que pagan los pequeños y medianos predios es mayor que la de las grandes propiedades” (Juan Camilo Restrepo).

Por el lado de los salarios, el 54,28 % de los trabajadores (11,6 millones de personas) se ganan un mínimo o menos (elcolombiano.com), mientras Colombia se volvía el país más peligroso del mundo para los sindicalistas (huffingtonpost.com).

En este sentido, lo que sí lograron las guerrillas fue suplantar y hacer a un lado al movimiento social en sus luchas por las reivindicaciones sociales, que fue criminalizado y victimizado por la clase dirigente.

En definitiva, después de 50 años, las Farc, con un gran número de crímenes y violencia contra los colombianos –así como de los paramilitares, que surgieron para neutralizarla, financiados por particulares, y con el respaldo militar en múltiples ocasiones–, se aprestan a participar en el juego democrático, después de reconocer que la vía armada no es solución sino problema.

Votemos 'Sí' el plebiscito sobre los acuerdos logrados entre el Gobierno y las Farc para dar por terminado el conflicto armado, y derrotaremos la triste tragedia colombiana de la violencia. El ‘Sí’ es el punto de partida para hacerlo. Parafraseando a García Márquez, ¿tendremos una segunda oportunidad sobre la tierra? Si se pierde el plebiscito, nuestros descendientes podrán decir que no tuvimos el coraje necesario. La historia no nos absolverá.


Guillermo Maya

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