Opinión

Maduro para caer

Hablar de Venezuela desde todas las orillas y estamentos es un imperativo humanitario.

13 de mayo 2017 , 02:42 a.m.

Baila la bestia, baila en ritual degenerado mientras en las calles arrastran cadáveres de un pueblo famélico. Está Maduro para caer. Se nota envenenado de lo excrementoso que representa, pero antes repartirá machetes y martillos para la celebración de asesinos porque quiere comer en el cráneo de los enemigos, palpar su hígado y compartir esa mesa caníbal con Idi Amin, a quien mucho semeja, con Bokassa, con Ríos Montt, el genocida guatemalteco.

Nicolás Maduro está enfermo de brutalidad. ‘Vándalo’, ‘inhumano’, ‘majadero’ no son palabras al azar, ni mucho menos insultos imprudentes. Son definiciones, apenas denuncias contra quien como él procede. En el cuarto de al lado este tipo y su banda criminal echaron llave y están cometiendo una masacre. Se oyen gritos y súplicas.

Hace 18 años, ya que la satrapía venezolana mal se encubre en el ideal bolivariano. ¿Entenderán de verdad qué significó eso? Porque, al parecer, Bolívar decía que es maldito el soldado que empuña un arma contra su propio pueblo. Dieciocho años de palabrería sobre la construcción de una revolución socialista. ¿Sabrán qué dicen? Porque a la vista está que la pandilla aferrada al Gobierno no tiene ningún honor revolucionario, no sabe de insurrección popular, no ha entregado ni entregaría una gota de sangre valiente por un pueblo al que llenó de hambre. Sistemas con más generales que trabajadores no personifican revolución. Tampoco son un régimen; sintetizan simplemente una mala pasada del destino, la prueba del desastre inminente.

Nicolás Maduro y su camarilla despótica son mentirosos, sin una sola obra de revolucionarios, sin un filamento socialista. Están tragando sus últimas horas ante la camisa de fuerza que los espera. Si ponen un pie fuera de ese cuarto, en realidad de un país del que hicieron feudo propio, una corte internacional los llevará delante ella; o simplemente algún policía los conducirá con grilletes a la celda de bandidos comunes.

Imposible callar, dejar hacer, dejar pasar; o imposible seguirlo haciendo porque bien cierto es que entre los vecinos ha imperado el silencio indolente, cuando no cómplice. Hablar de Venezuela y de la satrapía no es meter la nariz en asuntos internos de otro. Hacerlo permanente desde todas las orillas y estamentos es un imperativo humanitario.

GONZALO CASTELLANOS V.

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