Opinión

Sin democracia no hay paraíso

el nivel de participación ciudadana es motivo de esperanza sobre el futuro de nuestra democracia.

11 de marzo 2018 , 11:15 p.m.

Escribo sin conocer los resultados electorales. Luis Noé Ochoa, maestro de maestros a quien los opinadores de EL TIEMPO le profesamos un temor reverencial –porque es el que nos mantiene alineados con severidad, pero con un sentido del humor insuperable–, no me permite retener este escrito hasta que se difundan los resultados de los comicios. Contar con los guarismos definitivos no es indispensable para que nos congratulemos –todos los ciudadanos sin distingo de su inclinación política– por lo que ocurrió en la jornada electoral.

No se trata de darnos palmaditas en la espalda e inventarnos una jauja política que está lejos de ser la realidad. Sin embargo, el nivel de participación ciudadana, la diversidad de opciones ideológicas que estuvieron a disposición de los votantes, la preponderancia de los independientes sobre los gamonales en muchas regiones del país, el tsunami de jóvenes motivados haciendo fila en los puestos son todos motivos de esperanza sobre el futuro de nuestra democracia. Se observa en los corrillos que se forman a la entrada de las urnas una repulsión saludable y profunda hacia el imperio de la corrupción, que tendrá consecuencias. La famosa frase de cajón –“ganó la democracia”– es literalmente cierta en esta ocasión.

La primera vez que ejercí el derecho al sufragio me cogieron a palo unos jóvenes alvaristas por portar una camiseta roja y ser un ‘pelao’ dispuesto a perder la virginidad electoral en favor del entonces candidato Alfonso López Michelsen. Mi padre –en las sobremesas eternas de los domingos que añoramos todos los que tuvimos ese privilegio hoy desaparecido– recordaba cómo le tocó con su hermano Eduardo, rumbo a Torrijos, la finca en Armero, comprar a la fuerza ‘pintuco’ azul y pintar a brochazos su carro rojo porque de no hacerlo las consecuencias hubieran sido la desaparición o un ‘corte de franela’. Más recientemente, los paramilitares atendían a los políticos –por turnos–, que como borregos hacían fila para pedir la bendición del patrón sin la cual era imposible hacer campaña. Muchos de esos personajes están hoy en las cárceles o en los calabozos a disposición de la justicia.

En la evidencia cualitativa sobre la jornada de ayer se observa que en la mayoría de las zonas donde predominaron las Farc, los ciudadanos pudieron ejercer, quizás por primera vez en cincuenta años, el derecho al sufragio sin sentir la mirada intimidatoria y escrutadora de los comandantes. La paz, con todas sus imperfecciones, sin duda ha permitido una expansión territorial de los derechos y libertades democráticas que, por casi un siglo, fueron cercenadas o coartadas por la violencia y la guerra.

No menos relevante es contrastar el desempeño democrático del país este domingo con lo que ocurre en el vecindario e incluso en muchas regiones del mundo. Mientras que por allá llueven los extremismos y la intolerancia, por aquí florece la diversidad y pululan las opciones electorales. El argumento de que este país va al despeñadero castrochavista quedó totalmente desvirtuado. La oposición y la extrema derecha tuvieron la posibilidad irrestricta de ejercer sus derechos y decir cuanta barbaridad se les iba ocurriendo. Las garantías que recibieron del Gobierno y las autoridades con seguridad le permitirán al uribismo mantener o acrecentar su presencia parlamentaria. A aquellos que se declararon perseguidos y arrinconados les fue decorosamente bien, incluso, en los territorios donde predominaron las Farc. Ojalá tuvieran la dignidad de reconocerlo.

'Dictum'. Y en el momento más inesperado salta la liebre, ya sea en la cacería, la política o en el corazón.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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