Opinión

Naranjas agrias

La posibilidad de que la industria de cítricos sea sometida a la enfermedad es preocupante.

08 de mayo 2017 , 03:09 a.m.

HLB no es una marca. No es un carro deportivo o un compuesto para acabar con las arrugas. Se trata de una enfermedad, una especie de sida. Pero no les da a los humanos. Les da a los cítricos de todo tipo, desde las naranjas hasta los modestos limones, con los que los muchachos arman las micheladas. Ustedes se preguntarán qué diablos hace este columnista hablando de algo así.

La razón es muy sencilla. No hay nada mejor que el jugo de naranja recién exprimido. Y, además, porque a un número creciente de colombianos les pasa lo mismo. Consumen todos los días millones de naranjas.

Para muchos, de hecho, el jugo mañanero es su única fuente calórica y nutricional al desayuno. En un buen porcentaje exprimido por unos diligentes microempresarios que en la calle ofrecen el zumo de frutas de manera práctica y barata.

En el campo colombiano ha ocurrido una silenciosa pero profunda revolución asociada al mejoramiento de las condiciones sociales en todo el país. El consumo de frutas y jugos es un indicador de bienestar y mejoramiento social. Dicho por ‘Portafolio’, “en un total de 187 países, Colombia figura en el puesto número dos en la ingesta de jugos de frutas naturales” per cápita.

Este renglón del agro se ha vuelto esencial. En los últimos veinte años pasamos de un cultivo informal, artesanal y marginal de cítricos a una industria que genera medio millón de empleos con cerca de cien mil hectáreas dedicadas a esa actividad.

Por ejemplo, muchas de las áreas cafeteras no óptimas por altitud y plagas se han convertido a cultivos empresariales de cítricos. No estamos hablando de algo menor.

Entre el 2000 y hoy se han sembrado cerca de cien mil hectáreas industriales de cítricos que producen más de un millón de toneladas de fruta. Y el fantasma de esta enfermedad amenaza esa actividad con la posibilidad de destruir toda la inversión y la producción que se ha generado.

La invasión de esa amenaza empezó por La Guajira, pero ha avanzado tanto que requiere una acción del Ministerio de Agricultura, que no se ha dado. Está en riesgo la forma de vida de miles de campesinos que han encontrado en los cítricos su subsistencia y aunque en los documentos suene muy lindo, la verdad es que no han hecho nada real para controlar una epidemia tan devastadora.

La posibilidad, como ha pasado en otros países, de que la industria de cítricos sea sometida a la enfermedad que hemos descrito aquí es muy seria y preocupante. No podemos esperar algo distinto, a menos que exista una vigorosa reacción de las políticas públicas sectoriales. Y en Colombia no existe realmente quién responda por una amenaza de semejante magnitud.

La industria de cultivo de cítricos hoy está cerca de cien mil hectáreas, además de las áreas artesanales, y es un cultivo perfecto para el posconflicto en las áreas más rudas. Pero si no se para esa enfermedad, la posibilidad de esa industria como actividad económica está condenada a morir.

Para los habitantes de las grandes ciudades y de los clubes sociales puede parecer algo menor, pero en cada naranja hay un valor de vida excepcional.

Dictum. La felicidad es algo que no se puede despreciar. A pesar de las tristezas de la vida, a eso no se puede renunciar.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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