Opinión

El pastorcito mentiroso

El escepticismo de los que en el sector privado hacen populismo deja un pesimismo autodestructivo.

27 de febrero 2017 , 03:58 p.m.

Como la conocida fábula del pastorcito mentiroso, existe un grupo dentro del sector privado colombiano que no hace sino gritar a los cuatro vientos que viene el lobo feroz. Hay que oír las barbaridades que se oyen en los cocteles y en los eventos gremiales. Si uno les creyera a ciertos “líderes empresariales” los cuentos que se les ocurren sobre el país económico, de verdad, no habría de otra que recoger los corotos y salir corriendo.

Las cifras, en las que increíblemente nadie cree gracias a la moda de la realidad digital paralela, donde los hechos son irrelevantes, sugieren que las expectativas y las decisiones de inversión de las grandes compañías indican –en la práctica– bastante más confianza que la que se siente en las diatribas cataclísmicas que se oyen en los salones.

El pesimismo de los ricos es un muy mal ejemplo. Después de dos años de tregua, sin secuestros y sin violencia rampante, cuando se puede pescar de noche e ir a las fincas, y cuando la economía ya disfruta de los dividendos del proceso de paz, no es hora de ponerse a despotricar del país y del sistema que les da de comer. En esta coyuntura, en la que hay que hacer balances, asambleas y perspectivas, se observa que en una muestra aleatoria de las principales compañías del país se registran proyectos de inversión directa que superan los quince mil millones de dólares.

Por eso, uno no entiende cómo tantos personajes del mundo empresarial colombiano, que los vemos con un eufórico optimismo financiero, al mismo tiempo siembran cizaña alrededor de su propio cultivo. Los que conocemos del campo sabemos que la mala yerba no tiene linderos. La gente cree que solo las cosas malas le pasan al vecino. No se pueden decretar dividendos al mismo tiempo que se dice, en las juntas y las asambleas, que el mundo se va a acabar. Eso no es patriótico. La empresa está por encima de los partidos, pero el país no.

La obligación de los directores y líderes empresariales es garantizar la viabilidad y las utilidades de las compañías bajo su responsabilidad. Se deben a sus clientes y a sus accionistas. La agenda pública como tema empresarial es legítima, sin duda. Un empresario responsable, obviamente sí, tiene que tomarle el pulso al entorno donde se desenvuelve su actividad.

Sin embargo, el problema surge cuando la debida defensa de los intereses empresariales se transmuta en activismo ideológico y político. Entonces, es cuando se alimenta esa esquizofrenia en que las cifras demuestran que se están llenando de plata, que sus planes estratégicos demuestran un sobresaliente optimismo de largo plazo, que las inversiones privadas están disparadas, que las políticas públicas han sido conducentes a la prosperidad individual, pero al mismo tiempo –de manera profundamente irresponsable– surge en paralelo esa visión apocalíptica sobre la perspectiva de Colombia.

La satisfacción ligera de los aplausos bobos de los contertulios sociales tiene consecuencias. Mucho más de lo que se imaginan. El instinto de rebaño es un mal consejero.

El escepticismo retórico de los que en el sector privado hacen populismo siembra un pesimismo autodestructivo. Y cuando pidan cacao y llegue –inevitablemente– el lobo, ahora sí de verdad, nadie los va a ir a rescatar. El sector privado tiene la obligación del optimismo. Por el país.

Dictum. La lucha contra la corrupción no se puede volver el caballo de Troya para que las Farc y los otros desmonten, por la puerta de atrás, la democracia.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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