Opinión

Clientelismo espiritual

Coaccionar a un elector es un delito y algunas iglesias están sometiendo a sus seguidores a eso.

06 de noviembre 2017 , 12:51 a.m.

Con excepción de unos pocos momentos de lucidez, durante dos siglos el país estuvo prácticamente sometido al yugo de un Estado que era el hermano siamés de la Iglesia católica. Mucha de la historia de nuestra Nación estuvo atada a esa perniciosa manguala entre las instituciones políticas y las eclesiásticas.

Del lado del Estado, la coacción espiritual que ejercía el catolicismo era un conveniente instrumento para someter a los pobres, morigerar la lucha de clases y mantener el “orden”. El Estado, por su parte, protegía –a rajatabla– el monopolio espiritual que ejercía la Iglesia católica hasta el punto de que las parroquias eran el centro de la actividad notarial y el eje de la vida civil de las personas.

Pocos se acuerdan lo que le costó políticamente a Alfonso López Michelsen avanzar unos pocos pasos en la secularización de la vida social. No pocos de sus enemigos surgieron de su propósito de instaurar el divorcio civil y abrir la puerta para renegociar el Concordato con la Santa Sede. Eran los sacudones del pensamiento liberal contra el Concordato de 1887, firmado por Rafael Núñez, para que le dieran la bendición a su promiscuidad, como cuenta Daniel Samper Pizano.

Ese matrimonio de conveniencia se acabó con la Constitución de 1991. El texto constitucional y los posteriores fallos de la Corte establecieron de manera definitiva la separación entre la Iglesia y el Estado, pero, ante todo, la verdadera y absoluta libertad de cultos. Con esa nueva realidad, han florecido miles de cultos y ritos –muchos de ellos no son más que iglesias de garaje– que poco a poco han ido colonizando el espacio, anteriormente hegemónico, de la fe católica.

Ese fenómeno está bien para quienes creemos en la secularización de las instituciones políticas y de la vida colectiva. Pero, desafortunadamente, el proselitismo político católico, que excomulgaba al hereje que cuestionara su autoridad, está siendo sustituido por un nuevo absolutismo religioso y un activismo político en manos de muchas de las iglesias cristianas que han surgido al amparo de la libertad de cultos y de las exenciones tributarias que otorga el Estado, con la plata del bolsillo de todos los colombianos. Y lo peor es que han construido imperios financieros mediante la coacción espiritual sobre los más pobres, que no pueden dejar de aportar su diezmo semanal a riesgo de quedar en el ostracismo.

La gran paradoja es que la libertad de cultos ha creado un escenario que nos está regresando al oscurantismo que queríamos superar. Las iglesias anuncian con desparpajo que derrotaron el ‘Sí’ en el plebiscito porque les incomodaba el fortalecimiento del respeto a la diversidad y, con bombos y platillos, nos cacarean que ahora tienen una estrategia electoral deliberada para el 2018 con el propósito de tomarse el Congreso y, de pronto, la Presidencia.

El supuesto de la separación entre política y religión, que inspiró los cambios constitucionales y los fallos, ahora se nos devuelve con un clientelismo espiritual que amenaza a la democracia.

Es evidente que cuando uno coacciona a un elector es un delito. Y algunas iglesias están sometiendo a sus seguidores a eso, y sin ningún reato cuentan sus votos para ponerlos encima de la mesa a los candidatos. Es inaceptable ese abuso del alma de la gente. Es una desviación forzada e ilegítima de la intención de voto. Y el que haga eso se debería ir a la cárcel.

Dictum. Michicatos quienes les niegan a las Farc su derecho a participar en política. Tan machitos. A los mismos los vimos en pánico cuando existía la posibilidad real de que ese grupo se tomara el poder.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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