Opinión

La región de paz es su gente

Este proceso exige tiempo y recursos para lograr que los ciudadanos se empoderen.

11 de mayo 2017 , 02:02 a.m.

En la implementación de los acuerdos de La Habana, son los pobladores quienes deberían definir los límites territoriales y dar origen a las regiones de paz en los espacios que fueron campos del conflicto armado. Los pobladores lo hacen en el proceso participativo en el que se hacen ellos mismos sujeto regional.

Este proceso exige tiempo y recursos para lograr que los ciudadanos, desde las veredas y corregimientos y en las organizaciones, se empoderen y construyan visión y responsabilidad colectiva de región. Sin esto, los recursos que se lleven a los municipios para transformar la economía cocalera, y para hacer proyectos, quedan en manos de los aparatos que ya están allí, a la espera de la plata del posconflicto, formados por grupos de políticos corruptos, ‘bacrim’, nuevos paramilitares, y la parte de la insurgencia que decidió seguir en la guerra.

En 1995 no había región en Barrancabermeja cuando nos reunimos con líderes, junto a la ciénaga de San Silvestre, en la casa de retiros del obispo Jaime Prieto, para indagar las causas de la violencia y la pobreza en el pueblo petrolero. Los participantes dieron aportes, pero advirtieron que para entenderlo todo había que ir también a Yondó, donde hicimos una reunión similar. De allí nos enviaron a Cantagallo, a la cuenca del Cimitarra, a Wilches, Puerto Berrío, Sabana de Torres, San Vicente, San Martín, Aguachica, Santa Rosa del Sur, las minas de San Lucas, Simití, San Pablo, Arenal, Landázuri y 14 municipios más.

Así, en estas asambleas de pobladores, la gente estableció su región: el mapa orgánico del Magdalena Medio, fruto de identificar el trazo de las dinámicas mortales de pobreza y de guerra y, al mismo tiempo, la resistencia de los pobladores rurales y urbanos y empresarios por permanecer allí. Por eso, el día que lo pintamos por primera vez sobre un papelógrafo, una mujer escribió sobre el croquis: “Primero la vida”. Y la pregunta por la paz se transformó en la pregunta por la vida querida. ¿Cuál era y cómo se lograba la vida que todas y todos querían vivir en ese territorio para tener una región con sentido y con paz?

La respuesta a esta pregunta es una conversación interminable e incluyente, que moviliza las distintas experiencias espirituales, culturales, educativas, y de paisajes; que evoca las primeras migraciones, los relatos de ribereños y sembradores de ladera, las crónicas de mujeres, sindicalistas, campesinos, pescadores, empresarios, maestros y misioneros; y por todas partes, la memoria de las víctimas de todos los lados y las luchas heroicas de quienes murieron defendiendo sin armas los derechos humanos y la tierra en dignidad y justicia.

De allí surgió y creció un imaginario colectivo de región y un sentido responsable de pertenencia. Que recibió e impulsó la herencia organizativa de la Pastoral Social, la USO, la Organización Femenina Popular, el campesinado del río Cimitarra y del Carare Opón, de los agricultores vinculados a la minería. En los pueblos se crearon los núcleos de pobladores con la propuesta municipal y regional: “Esto es lo que nos proponemos hacer para superar la pobreza y la violencia. Si nos ayudan, lo vamos a hacer; pero si nadie nos apoya, igual lo vamos a hacer, porque si no estos pueblos se acaban”.

Tal ha sido el sujeto regional, en proceso, del Magdalena Medio, que se adentró en los desafíos de producir la economía de la vida querida, gobernarla en un Estado de instituciones transformadas; protegerla y hacerla sostenible. Y eso es hoy, con mayores alcances, la Red de Programas de Desarrollo y Paz, cuyos logros debería aprovechar el Gobierno para construir con la gente ya organizada regiones de paz, cuando no hay tiempo ni razón para volver a inventar lo que existe y funciona.

FRANCISCO DE ROUX

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