Opinión

El paso del Jueves Santo

Ámense, respétense y hónrense aunque piensen distinto, aunque sientan distinto.

13 de abril 2017 , 12:00 a.m.

El papa Francisco viene para invitarnos a “dar un paso adelante”, ha dicho monseñor Fabio Suescún, responsable de la preparación de la visita, y ha explicado que este paso es para salir de la polarización y el miedo y pasar a la reconciliación y la esperanza.

La venida de Francisco incomoda a los que por ambición, intolerancia y envidia se han propuesto generalizar la desconfianza y destruir el inmenso esfuerzo para alcanzar el final de la guerra fratricida, que era el objetivo primero, para desde allí poder recomponer juntos las instituciones y la economía.

El Papa trae un mensaje espiritual. Quiere llegar a cada mujer y a cada hombre de Colombia simplemente como seres humanos, para reunirnos en los valores que nos dignifican a todos. Para que desde allí, liberados de odios y agresiones, construyamos con independencia y respeto, la comunidad que nos merecemos en las familias, las regiones, la nación y el mudo, en esta Casa Común que compartimos en el planeta.

Hoy, Jueves Santo, el mismo Papa, en este propósito de hacer comunidad incluyente, se ha puesto de rodillas ante un grupo de personas y les ha lavado los pies. Al hacerlo conmemora lo que hizo Jesús en la última cena, cuando se levantó de la mesa, tomó una toalla y un balde de agua, y se postró delante de cada uno de sus discípulos.

Jesús nos ama y nos acoge como amigos así, hombres y mujeres que somos. ¿Seremos capaces nosotros en Colombia de acogernos y respetarnos de la misma manera los unos a los otros?

El gesto de Jesús, repetido por Francisco, por sacerdotes, y por laicos y religiosas donde no hay presbíteros, conlleva una exigencia: “También ustedes tienen que lavarse los pies unos a otros”. Y el hecho muestra lo que significa el mandamiento que resume la moral de Jesús: “Ámense entre ustedes como yo los he amado, hasta dar la vida”. Ámense y respétense y hónrense aunque piensen distinto, aunque sientan distinto, aunque su género sea diferente; sus razas, otras; sus clases sociales, lejanas; sus planteamientos políticos, distantes.

Lo que ocurrió en esa cena hay que contrastarlo con Colombia, supuestamente cristiana y bautizada, donde hemos empobrecido a muchos, vemos con horror el asesinato de mujeres y hemos considerado a grupos sociales y étnicos como inferiores; donde, en lugar de buscar la reconciliación para poder hacer democracia en la discrepancia de ideas, estamos acrecentando, por medio de la televisión, la política y los hogares, el desprecio de unos contra otros; con mentiras como el que la paz, gracias a la cual han terminado las masacres y dejado de morir jóvenes soldados e insurgentes, es el caos de Venezuela; y con despropósitos como el que la justicia restaurativa, tan laboriosamente construida con la ayuda de la comunidad internacional y que por supuesto requiere ajustes, es un montaje para consagrar la impunidad.

Jesús postrado ante los hombres, y posiblemente mujeres que el relato silencia, es, en cristiano, el misterio de Dios de rodillas ante la grandeza de cada uno, de cada una, para que comprendamos lo que valemos, y el amor original que nos cobija.

Es impresionante ver que el Señor se postra ante la incertidumbre de la libertad humana. Los que están allí han hecho en sus vidas acciones buenas y acciones malas. Su comportamiento hacia adelante es impredecible. Jesús sabe que lo van a traicionar, como de hecho lo hicieron, escandalizados, al verlo crucificado como un malhechor. Y sin embargo, Jesús se arrodilla ante esa libertad humana frágil, condicionada, impredecible. Nos ama y nos acoge como amigos así, hombres y mujeres que somos. ¿Seremos capaces nosotros en Colombia de acogernos y respetarnos de la misma manera los unos a los otros? Es en este coraje de reconciliarnos, no en los montajes políticos para llamar al odio, ni en las procesiones importantes de Semana Santa, donde, como dice Jesús, “el mundo conocerá que ustedes son mis discípulos”.

FRANCISCO DE ROUX

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