Opinión

¿Quién educa a quién?

Muchos adultos tienen la sensación de haber perdido su poder.

13 de noviembre 2017 , 11:53 p.m.

En los últimos veinte años hemos experimentado un alud de transformaciones sociales de las cuales apenas somos conscientes. Tenemos la sensación de que el mundo va lento y nada cambia, pero mirando atrás descubrimos que todo ha cambiado tan rápido que no acabamos de adaptarnos al presente. Tal vez eso explique que algunas personas insistan en anclarnos al pasado en un esfuerzo inútil por contener la corriente del tiempo, como un niño que quiere detener un río con la palma de sus manos.

En el camino de la evolución, la especie humana es la única capaz de transmitir de una generación a otra los aprendizajes acumulados a lo largo de su historia. Este es el objetivo de la educación. Desde los tiempos más remotos, esa transmisión la hicieron los adultos bajo diversas modalidades de encuentro intergeneracional, con una gran fuerza en el núcleo familiar primario. Padres, hermanos mayores, tíos y abuelos jugaron un papel fundamental a lo largo de milenios entregando a los niños la lengua de los antepasados, las creencias, los comportamientos sociales y hasta los deseos.

Este modelo de transmisión cultural fue denominado por Margaret Mead posfigurativo. Pero, en los estudios que realizó en Estados Unidos entre comunidades de inmigrantes, identificó otros dos modelos, que denominó cofigurativo y prefigurativo. El primero se da cuando la cultura no viene de los adultos, sino de los compañeros de la misma edad. Cuando los chicos ingresan al colegio en el país donde llegan asimilan de sus pares la lengua, los hábitos de alimentación, las costumbres y muchos de sus valores, en tanto que sus padres dejan de tener la influencia que tenían en el contexto de su cultura. Pero, además, bajo el segundo modelo, son los niños y jóvenes quienes comienzan a transmitir la cultura del nuevo entorno a los adultos.

Cuando la antropóloga desarrolló su trabajo no había computadoras personales, internet o redes sociales que permitieran el flujo de información que existe hoy al alcance de niños y jóvenes y que les permite estar en contacto permanente entre ellos y con toda la información que a alguien se le pueda ocurrir.

Esto ha venido amplificando de manera asombrosa la influencia de nuevas formas de concebir la vida que circulan entre los jóvenes, sin ninguna posibilidad de control o mediación de los adultos. Temas que todavía esos adultos quisieran mantener bajo su tutela, como la sexualidad y los comportamientos asociados a ella, las creencias religiosas o los imaginarios de familia, están fuera de su alcance, pues los nuevos valores circulan por canales digitales arrasando con el pasado y obligando a los mayores a aceptar o soportar las nuevas maneras de vivir y pensar.

No hay familia, por conservadora, tradicional y católica que se proclame, que no haya tenido que admitir que su hija conviva con el novio, que tengan relaciones sexuales o que se case con varios meses de embarazo. Eso, hace apenas veinte años, era completamente inadmisible. Y seguramente se opondrán al matrimonio gay, pero asumirán que algún pariente cercano exhiba orgullosamente esa condición. También aceptan que bajo estas circunstancias vayan a misa y comulguen, porque además la Iglesia comienza a entender que nada de eso es pecado.

Y todo esto, multiplicado por cientos, es lo que debe asumir un colegio, incluyendo la moda que tanto incomoda al mundo adulto: pelos verdes, tatuajes, ‘piercings’, decoraciones corporales y formas de hablar. Allí hay maestros que aún no saben hasta dónde pueden actuar, qué pueden permitir o dónde deben aplicar el freno.

Muchos adultos tienen la sensación de haber perdido su poder y estar condenados a adaptarse a lo que las nuevas generaciones les dicen que se debe hacer, pensar o sentir, actuando muchas veces como profetas del caos, en vez de ser los líderes visionarios que requiere este mundo joven, en el que reside la esperanza.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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