Opinión

Escuelas y facultades

Parece que la noción de escuela proviene de una tradición ligada al aprendizaje práctico.

21 de marzo 2017 , 04:10 a.m.

No sé con claridad la diferencia entre estas dos nomenclaturas que se usan en las universidades, pues oigo hablar indistintamente de la ‘escuela de posgrados’ de la universidad tal, la ‘facultad de ingeniería’ de tal otra o la ‘escuela de ingeniería’ en la de más allá, mientras que en el ejército hay ‘escuelas de artillería y caballería’. Además, hay ‘facultades de educación’ y ‘escuelas normales superiores’...

En la normativa no hay requisitos para denominar de una u otra manera, así que pareciera una decisión caprichosa de las instituciones. En estos días en que los escándalos y la corrupción parecen devorar todas nuestras energías, me ha parecido que no viene mal un ejercicio liviano de satisfacción de curiosidades intrascendentes.

Parece que la noción de escuela proviene de una tradición ligada al aprendizaje práctico, como el que se realizaba desde la Edad Media en los talleres de artesanos, donde primaba la destreza en el manejo de habilidades técnicas, mientras que en las universidades primaba el estudio de las letras y las humanidades.

Un buen ejemplo es el inicio de la ciencia forestal, que comienza en España en 1833, con la publicación de las Ordenanzas Generales de Montes, que dieron origen al Cuerpo y a la Escuela de Ingenieros de Montes. El establecimiento de este centro inicia la creación de nuevas instituciones de carácter técnico –como las escuelas de Caminos, Agricultura, Industriales y Montes–, orientadas al desarrollo industrial y económico del país mediante la dotación de personal de elevada cualificación.

Los objetivos de la Escuela, según los documentos de la época, eran tres: una formación eminentemente práctica, una “enseñanza no por vanas teorías, sino por prácticas de conducta fundadas en el ejemplo” y la inspiración a los alumnos del “espíritu de Cuerpo”. El lema que presidía el escudo de la Escuela no deja lugar a dudas: “Saber es hacer. El que no hace no sabe”.

Con el mismo principio surgieron las escuelas normales. El caso más notable en América Latina es el que condujo a la creación de la Escuela Normal Superior de México. En 1881, en el marco de la crisis positivista que llevó a la clausura de la Real y Pontificia Universidad de México (1865), el diputado Justo Sierra lanza su proyecto de creación de la Escuela de Altos Estudios y de la Universidad de México. La Escuela de Altos Estudios habría de albergar la Escuela Normal, como coronamiento del departamento docente del gran edificio universitario que pretendía construir.

Así justificaba Sierra la creación de la Escuela Normal: “Un maestro no es solamente un hombre que sabe, sino que sabe enseñar; necesita, pues, no solamente la ciencia, sino el método... (lo que hace al maestro). En tesis general, carecemos de profesores; es necesario hacerlos, si queremos que no sea abortiva la semilla de la instrucción. Tenemos bastantes hombres de ciencia, pero hombres de ciencia que posean el instrumento propio para comunicarla a los niños y a los jóvenes son contados”.

Detrás de las denominaciones está la historia del acercamiento gradual de la universidad medieval y los saberes tecnológicos, cada vez más complejos, que se generaron con la Revolución Industrial. Saberes adquiridos a través de milenios de experiencia humana comienzan a saltar al espacio universitario en los siglos XIX y XX, convirtiéndose en facultades con un perfil académico científico y también alejándose, en muchos casos, del desarrollo de las habilidades prácticas que les dieron origen, hasta llegar a la inexplicable dualidad que hoy existe entre profesionales y técnicos.

Aunque no creo que nadie se sienta distinto si hoy estudia en una facultad o en una escuela de enfermería o ingeniería, es posible que por allá en el subconsciente colectivo puedan subyacer grandes diferencias.

FRANCISCO CAJIAOfcajiao11@gmail.com

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