Opinión

¿Educar o programar?

Se nos programó para replicar de manera reiterada los esquemas de inequidad.

30 de mayo 2017 , 01:57 a.m.

Quienes nacimos hace más de cinco décadas comenzamos a tener dificultades para entender lo que ocurre hoy y la forma como funciona el mundo. Fuimos educados, o tal vez programados, para otra realidad. La sociedad, como un gran organismo vivo, necesita que las personas cumplan unos roles y se inserten en el destino común bajo reglas que incluyen aquello que es bueno desear, lo que es posible conseguir y lo que se debe hacer para mantenerse vivo y activo en el gran conglomerado humano. Cada pueblo, de acuerdo con su desarrollo, su hábitat, su densidad y su momento histórico genera patrones particulares de supervivencia colectiva.

Los niños y jóvenes de las comunidades prehistóricas eran educados para aportar lo necesario a su grupo. Así, su programa de vida era ajustado para eliminar el temor a las presas, desarrollar su resistencia física, trabajar en equipo y compartir el resultado de la caza con todos los demás. Solo unos pocos se saldrían del programa para interesarse en pintar bisontes en las cuevas, haciendo un alarde de libertad que no sabemos si fue premiado o castigado por los demás.

Para cada momento de la historia podríamos preguntar lo mismo: ¿eran los hijos de monarcas educados, o programados desde niños para cumplir sus funciones hereditarias?; ¿y los esclavos en Atenas?; ¿y los guerreros espartanos, vikingos, nazis...?

Muchos de quienes nos hemos dedicado a la educación tenemos la ilusión de formar individuos libres, capaces de asumir su propio destino, con criterio propio sobre la vida y la muerte, la sexualidad, la religión, la política o la economía. Pero también sabemos que debajo de este deseo subyace otro programa que proviene de su origen social, su herencia genética y su entorno cotidiano, y propone mensajes que invitan a buscar el dinero por encima de todas las cosas, el éxito fácil sin reglas éticas ni legales, el exterminio de quienes amenacen su camino al poder... o quizá al altruismo, la consagración al arte o la ciencia, el honesto ejercicio del servicio público o el desempeño exitoso y transparente de la responsabilidad empresarial.

La educación que ofrecen colegios y universidades debería conducir a tener la mejor gente si contara con los recursos necesarios y los maestros mejor formados. Pero, aun si ello sucediera, es muy difícil contrarrestar todos los factores familiares y ambientales que programan a los niños para vivir en una sociedad segmentada y desigual como si eso fuera natural, a vociferar de manera iracunda ante cualquier disgusto, como hacen políticos y gobernantes, o a buscar todos los atajos que puedan tener la ley y las buenas costumbres para satisfacer el interés personal antes que el bienestar colectivo.

Las circunstancias históricas hicieron que fuéramos educados con ideas democráticas y valores cristianos, pero a la vez resultáramos programados para la violencia, la intolerancia y la permisividad en asuntos legales y éticos. Se nos programó para replicar de manera reiterada los esquemas de inequidad que hacen que el origen socioeconómico determine en alto grado el curso de toda la vida. Nos implantaron un programa propenso a sabotear lo que otros intentan hacer, sin que ello implique la obligación de ofrecer alternativas.

Tal vez esto explique las enormes dificultades que sigue teniendo la terminación de una guerra que ha infestado de muerte, corrupción y desconfianza todos los rincones del país durante más de medio siglo. Los valores cristianos que muchos proclaman son aplastados cada día por la ambición y la incapacidad de soñar nuevos mundos para los que fueron programados ellos mismos.

Educar para vivir en paz sobrepasa lo que se puede hacer en las aulas si no modificamos profundamente los comportamientos cotidianos que circulan invisibles, haciéndonos autómatas de una sociedad autodestructiva.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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