Opinión

Ciencia, tecnología y ciudadanía

Será necesario irrigar recursos en la educación básica para obtener resultados en la próxima década.

15 de mayo 2018 , 12:14 a.m.

La educación es el eje central del desarrollo de un país, como se ha dicho hasta la saciedad en todo tipo de documentos, estudios y, ahora, en las campañas políticas. Pero no solo se trata de aumentar coberturas o mejorar la calidad para conseguir resultados en las pruebas internacionales. Más que un derecho individual, puede considerarse la educación como un derecho colectivo, pues de ella depende el bienestar de todos. Un país con mucha gente mal educada nunca será muy bueno para nadie.

En plena carrera espacial, cuando la Unión Soviética puso en órbita sus satélites Sputnik y Sputnik II (1957), en Estados Unidos entendieron que el mundo académico soviético era mucho más dinámico y efectivo que el propio. Fue entonces cuando el gobierno federal dio un giro en su política educativa y decidió intervenir en la materia. Quizá el logro más destacable de Eisenhower (1956-1960) fue la Ley de Defensa de la Educación Nacional (NDEA), de 1958. Esta ley exigió una inyección de fondos públicos como nunca antes se había producido, dedicados sobre todo al desarrollo de las ciencias y de la ingeniería, que las escuelas aprovecharon para modernizar y mejorar sus equipamientos poniendo como pretexto la contribución a la defensa nacional.

Durante la administración Reagan, la educación sufrió un deterioro notable que condujo a la creación de la Comisión Nacional sobre la Excelencia en la Educación. El informe, publicado en 1983, abre con las palabras: “Nuestra nación corre riesgo”. Señala que las bases educacionales del país están siendo socavadas por una “creciente marea de mediocridad” que amenaza el futuro de la nación y su pueblo, y que si esta situación hubiese sido impuesta por una potencia enemiga, se podría ver como un acto de guerra. En efecto –agrega–, la nación pareciera haberse comprometido en un acto de “desarme educacional unilateral”.

Pero la preocupación no solo tenía que ver con las desventajas económica y comercial, sino también con el tejido social del país. El informe señalaba que un alto nivel compartido de educación es esencial para una sociedad “libre y democrática” y para nutrir una cultura común en un país que “se enorgullece de su pensamiento y libertad individual”.

Me ha parecido interesante recordar estos datos, pues la motivación para recuperar la fuerza del sistema educativo fue la posición del país en el contexto de las naciones mediante dos asuntos centrales: su capacidad científica y la construcción de una identidad nacional en torno a los valores de libertad y democracia.

La educación, en todas sus etapas, iniciando desde los primeros meses, es la condición esencial para crear ciencia, tecnología y democracia. En el caso de los Estados Unidos, fue claro que si no se ocupaban a fondo del desarrollo científico no solo se iban a quedar atrás en la carrera espacial, sino que estarían en una terrible condición de fragilidad económica y militar.

Es indispensable ocuparse seriamente del desarrollo científico, que necesita gente calificada, pero también un sector productivo capaz de incorporar el conocimiento y ocupar a quienes con mucho esfuerzo han estudiado en el país y en el exterior. Se ha dicho que la clave de todo es tener muchos doctores, mas los que se han ido formando no encuentran condiciones para desarrollar aquello para lo cual se prepararon. De nada sirven estos esfuerzos si no hay grandes proyectos de interés general debidamente financiados.

Llevamos décadas posponiendo la financiación de la actividad científica y poco se ha logrado en la creación de una cultura que predisponga a los niños para incursionar en el mundo de las ciencias básicas, las ingenierías y los complejos problemas energéticos y ambientales. Será necesario irrigar recursos y programas en toda la educación básica para obtener resultados en el curso de la próxima década.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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