Opinión

Al diablo con las encuestas

Hay opciones valiosas de quienes por largos años han acumulado experiencia y conocimiento del país.

01 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

Hace seis meses había cerca de 30 ciudadanos que querían gobernar el país, como en uno de esos realities en que participan jóvenes convencidos de que en unos cuantos días de pasión y dolor podrán convertirse en ídolos de la farándula. Para ello no ahorran pataletas, artimañas, mangualas y, especialmente, enormes exposiciones de mal gusto que consigan enganchar a un público morboso que los observa hasta cuando entran al baño. Luego se los va eliminando de la casa estudio, siempre recurriendo al público, a las encuestas telefónicas, a los likes de los móviles y a todos los trucos que aseguren a los incautos que se trata de un juego limpio.

Pero un país no es una casa estudio, y lo que se juega no es la oportunidad de un individuo de obtener un trabajo trivial e intrascendente. Estamos hablando del presente y el futuro de 50 millones de personas que necesitan vivir, educarse, trabajar y tener una identidad que ayude a construir un proyecto colectivo.

Semejante desafío no puede jugarse con la lógica de unas encuestas que más parecen la taquilla de apuestas de un hipódromo. Mientras el periodismo serio está haciendo un ejercicio juicioso de análisis y exposición de los temas centrales para el país a través de debates públicos, artículos de prensa y entrevistas extensas en los medios de comunicación, los encuestadores persisten en su afán de competir por los laureles de quién adivina mejor el sentir de los ciudadanos.

Más allá de las evidencias que demuestran la incapacidad predictiva de estos mecanismos, como ha ocurrido en los últimos eventos electorales, es claro que muchísimas personas se inclinan a votar por quien creen que va a ganar, con lo cual se pierde la oportunidad de saber verdaderamente cuáles son las propuestas con las que más podemos identificarnos y conformar así bloques numerosos de identidad política (sean partidos o movimientos con planteamientos claros). Más bien se sigue dividiendo en blanco y negro, buenos y malos, limpios y sucios...

Muchísimas personas se inclinan a votar por quien creen que va a ganar, con lo cual se pierde la oportunidad de saber verdaderamente cuáles son las propuestas con las que más podemos identificarnos.

Nunca, desde que escribo esta columna, he dicho por quién votaré, pero esta vez declaro que lo haré por Humberto de la Calle. Me identifico con un ideario liberal que él ha representado a través de una larga y limpia vida pública y su entrega de los últimos años a conseguir un acuerdo de paz a pesar de la mezquindad escalofriante de quienes se han opuesto a que Colombia sea un país civilizado, me da la plena confianza en que con él podemos recobrar la esperanza de reconciliarnos. También merecen todo mi respeto los planteamientos de Sergio Fajardo y el juicioso ejercicio de Germán Vargas para elaborar un plan de gobierno detallado y minucioso. Hay tres opciones muy valiosas de quienes por largos años han acumulado experiencia y conocimiento del país.

Me aparto, en cambio, de los punteros de las encuestas. De Duque me fastidia profundamente el tipo de transparencia que lleva a cuestas, pues cuando uno lo mira solo ve a Uribe, como si se tratara de un papel celofán de esos que envuelven los caramelos más peligrosos para la salud. Y es que una persona con tantos procesos judiciales encima, con tantos presos a su alrededor, con semejante capacidad de sembrar odio de forma incansable no puede ser el padrino de un chico limpio, lindo y bondadoso con ideas viejas y venganzas endosadas. El problema es que Iván Duque es un buen tipo, o eso parece, pero no es nadie de quien se pueda decir algo bueno o malo porque nadie lo conoce y eso no produce confianza.

De Petro, en cambio, sí se pueden decir muchas cosas buenas y malas. Quienes vivimos en Bogotá lo conocemos. Por momentos es como esos cantautores excelentes para componer, pero desastrosos al interpretar. No ha habido mayor enemigo de las buenas ideas de Petro que él mismo. De otra parte, su temperamento imperial y populista es el más parecido al del padrino de su contrincante.

En fin, que Dios nos ilumine.

FRANCISCO CAJIAO

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