Opinión

La paz y los ciudadanos de la transición

Nuestro país debe pensar en lo que viene, sabiendo con firmeza lo que pasó. No será posible construirnos si seguimos a tientas frente al porvenir.

16 de febrero 2017 , 05:07 p.m.

Una constante en nuestro medio es hablar de las instituciones como la alternativa para consolidar nuestro Estado de derecho. También se ha configurado una tendencia multiforme por reformar instituciones o normas jurídicas cuando se presentan actos de corrupción. Con eso entendemos purgadas nuestras críticas.

Sin embargo, más allá de estas justificaciones, la verdad monda y lironda es que con estas o con nuevas instituciones, con nuevas leyes o con las mismas, es necesario que nuestros ejes centrales de formación –familias, colegios, universidades y Gobiernos– reflexionen sobre el modelo de ciudadano que se está construyendo en Colombia.

La consecución de la paz es un vector esencial para que pensemos en nuevos esquemas educativos más incluyentes, más ciudadanos y menos marcados por la preeminencia de clase y de exclusión. No solamente se requiere entender conceptos novedosos como los de justicia transicional, reparación integral o el derecho a la verdad, sino que se hace necesaria la construcción de nuevos ciudadanos a partir de una “transición” del conflicto a la convivencia. Solo a través de ese camino será posible cambiar el modelo imperante en nuestra historia nacional.

Nos acostumbramos a que el conflicto armado formara parte de nuestra configuración nacional. Han sido muchos los responsables: la clase política, los grupos armados y los ciudadanos, que hemos permitido que la guerra se haya vuelto parte del paisaje y de nuestra historia. Hemos, como colombianos, aprendido la historia y la geografía del país por los actos de violencia que se producían en nuestros territorios.

Esta idea debe terminar. El país merece un camino distinto. Es cierto que existen retos enormes en el mejoramiento de las condiciones de civilidad y del conflicto; sin embargo, eso se logrará con cambios o mutaciones en nuestras emociones y sentimientos, en que podamos pensar en construir la nación a partir de nuestros valores de paz y de nuestro futuro compartido, y no a partir del número de guerras civiles que se han sufrido en la historia.

Es difícil para una sociedad victimizada ser agredida por años y aceptar cambios. En igual sentido es muy duro saber que los dispositivos de violencia se habían instalado en el ADN de la sociedad, evitando cambiar valores de un momento a otro. Por el contrario, se requieren años de trabajo, de cambios discursivos, de nuevas acciones; en pocas palabras, de “transiciones ciudadanas” para que se pueda consolidar un nuevo colombiano. Allí, con esos cambios, se podrá pensar que, fuera de las modificaciones legislativas, lo que se requiere es aceptar nuestra condición histórica de violencia y reconocer que los problemas de Colombia no radican necesariamente en las instituciones, sino en las personas que las componen.

Dejemos atrás las teorías que han proliferado haciendo énfasis en acusar al sistema de corrupto o ineficaz, o atravesar en nuestros análisis la idea de que la Constitución o las leyes son los artefactos generadores de la corrupción y de ruptura institucional en el país. Tenemos que salir de la ‘atmósfera de hospital’ en la que vivimos y que el escritor español Miguel de Unamuno utilizó para explicar el decaimiento de España en los estertores del siglo XIX y que en nuestro continente heredamos.

En mi reciente libro, ‘Justicia transicional o impunidad: la encrucijada de la paz en Colombia’ (Ediciones B, 2017), indiqué que Colombia debe salir de una encrucijada que durante su historia se ha caracterizado por “(…) construir una institucionalidad parcial, olvidando parte de sus territorios rurales; un evidente menoscabo por la vida, pero un amor profundo por los discursos; una convicción rotunda por la defensa de los valores familiares, pero un desprecio por la diferencia; un acendrado amor por las formas, pero un desdén familiar por el fondo; un orgullo por nuestro presente, pero un olvido intencionado de nuestro pasado; una admiración por las reglas foráneas y una burla permanente de las propias”.

Ese es el reto. Nuestro país debe pensar en lo que viene, sabiendo con firmeza lo que pasó. No será posible construirnos si seguimos a tientas frente al porvenir. Eso y solamente eso diferencia a las naciones grandes de las pequeñas.


Francisco Barbosa

@frbarbosa74
Ph. D. en derecho público (Universidad de Nantes, Francia), profesor de la Universidad Externado de Colombia

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