Opinión

Incertidumbre

Colombia quiere ser otra cosa a ese país que era reconocido como el templo de lo peor en el planeta.

13 de agosto 2017 , 03:34 a.m.

La incertidumbre es una de las variables más evidentes en la coyuntura nacional y mundial. No es gratuito que proliferen noticias como las amenazas mutuas entre Corea del Norte y los Estados Unidos, la crisis de refugiados en Europa, la sinsalida de la situación en Siria e Irak, la condena de Trump contra Irán que nos recuerda las viejas rencillas de la década de los ochenta, las nuevas tensiones entre norteamericanos y rusos que reeditan la Guerra Fría, ni hablar de la ruptura de una idea política en algunos países europeos o del desmadre descomunal que se vive en América Latina por causa de la corrupción de Odebrecht y de la ruptura institucional en Venezuela.

Este panorama poco alentador nos demuestra que las ideas que fundaron nuestros Estados siguen en construcción y que no debe pensarse que la existencia de conceptos elaborados como el "Estado de derecho", "derechos humanos" o la presencia de "Constituciones" son garantía inequívoca de fortaleza institucional. Se necesita mucho más.

La verdadera garantía para el funcionamiento del Estado no es otra que la de establecer un nexo inescindible con la ciudadanía. En términos sociológicos, significa que los ciudadanos reconozcan su existencia a través de actos permanentes de acatamiento y de confianza. La ficción del Estado no puede existir si los ciudadanos no viven el concepto y lo materializan.

A pesar del panorama anterior, Colombia empieza a mostrar otra cara en su relato histórico. Lo que por años fue nuestro elemento central de configuración de lo nacional --guerra y el conflicto--, empieza a ser reemplazado por dinámicas de paz que han producido otros discursos. Discursos que eran ocultados por el inveterado conflicto armado.

Ejemplos de lo anterior son la miseria y la falta del Estado en los territorios. Su ausencia en la primera plana de los análisis era producto de la unívoca manera de entender el día a día nacional. Lo único que pasaba por nuestros ojos eran armas, víctimas, dolor y tristeza. Casi podría decirse que la guerra era un acicate para no llevar los derechos a los ciudadanos y así evitar su garantía. La guerra era un estímulo para defender un statu quo precario y fracturado.

Ante ese mundo que nos muestra que no todo estaba bien y que los conflictos podían renacer. Colombia muestra otra faz. Es paradójico que ante esta hecatombe universal, nuestro país se convierta en sitio seguro de refugio para miles de venezolanos que huyen de su país por la guerra interna que viven.

Quién hubiera imaginado que la Colombia exangüe de los ochenta, el Estado fallido de los analistas de los noventa, tomado por las mafias, renació de las cenizas y quiere construir una nueva narrativa de paz. Lo único que nos queda es que, a pesar de las incertidumbres que son parte de la misma existencia humana, Colombia quiere ser otra cosa a ese país que era reconocido como el templo de lo peor en el planeta.

No debe caerse en el optimismo ciego, pero desconocer que somos otros sería una torpeza infinita. Es bueno recordar en estas calendas insólitas parte del discurso que pronunció Víctor Hugo en la ciudad de Jersey el 24 de febrero de 1854 y que tituló "La revolución humana": "El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los pensadores y los valientes, un ideal y una oportunidad".

P. D. El escritor y columnista colombiano de esta casa editorial Ricardo Silva Romero escribió un gran libro llamado 'Historia oficial del amor' (Alfaguara). Ricardo se pasea con mucha presteza literaria en los últimos 80 años de la historia de su familia, permitiéndonos, por esa vía, redescubrir la violencia política de medio siglo, el Bogotazo, la dictadura de Rojas, el Frente Nacional, el surgimiento de las guerrillas, el narcoterrorismo, la toma del Palacio de Justicia y el trasegar de este nuevo milenio. Lectura imprescindible y vital.

FRANCISCO BARBOSA
Ph. D. en Derecho Público de la Universidad de Nantes (Francia). Profesor de la Universidad Externado de Colombia.

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