Opinión

La lucha por una visita íntima

Fueron 23 años de peleas para que a la comunidad LGBT le reconocieran sus derechos en las cárceles.

13 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Marta Álvarez Giraldo no es una mujer común y corriente. Para empezar, conoció casi todas las cárceles de mujeres del país. Cuando la trasladaban de una a otra, era la famosa y tenaz ‘Marta Álvarez’ que cualquier director de cárcel quería reubicar a otro centro penitenciario. Marta es lesbiana y desde 1994 hasta 2004, cuando ya salió libre, no dejó de pelear por el derecho a la visita íntima; una visita que ya desde hace unos años no se llama visita conyugal, porque, creo yo, el amor no tiene que ver con el yugo. ¡Terrible esta palabra, ‘conyugal’!, y solo hoy me acabo de dar cuenta...

Para Marta, todo empezó en La Badea, la cárcel de mujeres en Pereira, cuando se le negó una solicitud de visita íntima por ser, según el entonces director de ese centro penitenciario, inmoral, bochornoso, un mal ejemplo y un atentado contra la familia, cuando todas las presas heterosexuales tenían derecho a la visita conyugal, que se llamaba todavía así. Marta, además, fue a menudo encerrada en calabozos por haberse tomado de la mano con otra presa o compartir unos besos.

De hecho, su lucha empezó de manera oficial en 1997, cuando envió una carta a la directora de la Reclusión de Mujeres de Bogotá para protestar y solicitar que a las personas de la comunidad LGBT que purgaran penas en las cárceles nacionales se les permitiera y reglamentara visita íntima de su pareja del mismo sexo.

Fue la primera vez que vi a un ministro de Justicia pedir perdón a una mujer lesbiana y reconocer públicamente responsabilidad del Estado colombiano.

Fueron, en total, 23 años de peleas, de insultos, de cartas, tutelas y quejas oficiales para que se les reconozcan derechos, y muy particularmente derecho a la visita íntima, a los y las homosexuales y transexuales. Un pleito que se ganó, gracias al apoyo de la Red Nacional de Mujeres y de una abogada fuera de serie, Marta Tamayo, quien no dudó en elevar la demanda de esta incansable mujer, Marta Álvarez, hasta la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Finalmente, en el 2014, la CIDH recomendó al Estado Colombiano reparar el daño causado a Marta Álvarez y contribuir a que hechos como los que conoció no se repitan nunca.

Fue la primera vez que vi, en un acto solemne en la cárcel El Buen Pastor, ante todas las reclusas, los medios y una representación de la comunidad LGBT, a un ministro de Justicia pedir perdón a una mujer lesbiana y reconocer públicamente responsabilidad del Estado colombiano. Ella misma, en su libro 'Mi historia la cuento yo', dice: “Sentí que mi paso por la cárcel no había sido en vano”, y claro que no lo fue, como nunca lo es cuando se trata de pelear por ejercer derechos.

Terminaré con las palabras de Marcela Sánchez, actual directora de Colombia Diversa: “Gracias, Marta, por imaginar mundos distintos para todas nosotras. Sin duda, el mundo ha cambiado en estos 23 años. Con el caso de Marta vivimos varios cambios. Primero, la visita íntima pasó a ser un derecho. Segundo, las cosas cambiaron de nombre; dejó de llamarse ‘la conyugal’, de cuyo privilegio solo podían disfrutar las parejas casadas, por supuesto heterosexuales, para llamarse ‘la visita íntima’, cuyo disfrute dejó de ser un privilegio para pocas para ser un derecho de todas. Y, tercero, la intimidad dejó de ser sinónimo de relaciones sexuales que se tienen en un cuarto, para ser la posibilidad de expresar afecto en público. Esto en la teoría, porque sin duda siguen existiendo problemas, y el Estado sigue enfrentando muchos desafíos. Salirse del molde cuesta. Sí, un país que, en medio de todo, también cambia”.

FLORENCE THOMAS
* Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad

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