Opinión

Grandeza histórica

Uribe quisiera conseguir una paz, pero a su manera: exterminando a quienes asesinaron a su padre.

08 de agosto 2016 , 04:42 a.m.

Hace pocos días el presidente Juan Manuel Santos escribió un capítulo más de los muchos que componen este enrevesado proceso de reconciliación con las Farc. Se trata de una página que quiso recoger la grandeza ante la historia de uno de los más caracterizados personajes de la política patria, episodio que con el paso del tiempo los historiadores irán a revivir y a juzgar en todo su significado y trascendencia. Seguramente se tendrá en cuenta que en el largo camino recorrido para alcanzar la paz, la carta que el primer mandatario enviara al expresidente Uribe, invitándolo a que ayudara, “con su indiscutible liderazgo y sin abandonar su independencia crítica, a aprovechar la oportunidad única de paz que se abre a los colombianos”, fue un acto de grandeza democrática que pudo haber desembocado en la exaltación histórica de los dos protagonistas.

Infortunadamente no fue así. Uribe Vélez dejó pasar la gran oportunidad para mostrarse ante el país y ante la posteridad como un dirigente noble, generoso, que antepuso sus intereses personales y políticos frente a la posibilidad de que los colombianos iniciáramos el tránsito hacia mejores días durante el mandato de un opositor suyo.

A mí siempre me ha parecido que el expresidente Uribe, pese a sus constantes manifestaciones en contrario, no es un enemigo de la paz. Lo que ocurre es que él quisiera conseguir una paz a su manera: exterminando a quienes asesinaron a su padre, que son los mismos que han venido pactando con el Gobierno un cese definitivo de hostilidades. Siendo así, le cuesta trabajo aceptar que sea otro el que la logre, utilizando el diálogo como estrategia, que a la luz del sentido común pareciera que es el camino correcto. ¿O será que el Gobierno y todos los expertos internacionales y todas las personalidades mundiales, incluyendo al papa Francisco, están equivocados?

Soy médico, mas no médico psiquiatra. Independientemente de la especialidad, los médicos estamos obligados a familiarizarnos con la condición humana. Por eso no nos es difícil intuir lo que hay en el trasfondo de la mente de quienes examinamos, basándonos en la cuidadosa interpretación de sus palabras y de sus actos. No de otra manera podríamos dejar al descubierto muchos de los males físicos que aquejan a nuestros pacientes.

Para tratar de interpretar el comportamiento del expresidente Uribe, voy a intentar descubrir las ocultas razones que lo llevan a asumir una postura díscola, rebelde, frente al proceso de paz. Para ello echaré mano de mi intuición médica y de las cuestiones que en asuntos de psiquiatría aprendí de mi inolvidable maestro Edmundo Rico, quien escribió durante muchos años en este diario una columna titulada ‘La balanza del caduceo’, desde la que solía practicar la vividisección de colegas suyos, tanto de la política como de la medicina, sacando a flote desde las reconditeces de sus almas las pasiones que los agitaban.

Me atrevo a pensar que el doctor Uribe Vélez bien hubiera podido ser calificado de hipomaníaco por mi profesor Edmundo Rico, no solo por su pasión o manía por los caballos, sino también porque llena varios de los criterios clínicos indispensables para diagnosticar tal temperamento o carácter. Para él, la hipomanía se caracteriza por un ímpetu vital desbordado, es decir, por una hiperactividad exagerada, carente de fatiga; por facilidad de ideas y de expresión; por amor por la existencia; por ironía fina; por audacia y por considerarse un superhombre... Me pregunto: ¿no ha sido este anhelo recóndito el que lo ha llevado a rechazar olímpicamente la invitación del presidente Santos? Seguramente él siempre ha soñado ser el ungido, el superhombre que alcance la esquiva paz en Colombia.

FERNANDO SÁNCHEZ TORRES

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