Opinión

Limpiar, limpiar, limpiar

De eso se trata el paso por este mundo: de una permanente labor de aseo.

05 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Se quejaba aquel hombre de tener que dedicarles cada vez más horas de su vida a las labores de aseo. ¿Labores de aseo?, le interpeló su compañero de silla en aquel bus que recorría Bogotá de sur a norte. Jamás lo he visto ponerse un delantal o agarrar una escoba. Jamás.

El primero se explicó: no hay día en que no pase al menos media hora frente al computador separando en el correo electrónico los mensajes que pueden resultar de mi interés de todos aquellos que me distraen, que me hacen perder tiempo, que me ofrecen lo que no necesito, que me ilusionan falsamente, que se meten sin permiso en mi vida privada, que en todo caso cada día es menos privada. Por cada mensaje que contiene información que me resulta de utilidad y de interés, por cada mensaje en el que llega un saludo que me alegra, recibo diez o doce que anuncian promociones de tan exagerados beneficios que me recuerdan siempre aquella advertencia que dice que de eso tan bueno no dan tanto, mensajes que dan cuenta del desperdicio de mentes brillantes e ingeniosas dedicadas al engaño, mensajes que son en realidad anzuelos para que uno muerda y entregue esa información que hasta entonces había guardado con tanto celo, chistes flojos que por lo general provienen del machismo o la homofobia, pensamientos de filósofos de muy corto vuelo, cadenas de algunos ingenuos que piensan que al hacer clic en el nombre de veinte amigos están salvando su alma...

Los hombres descendieron en la estación de Flores y me quedé pensando que aquel desconocido tenía la razón, que cada vez hay que dedicarles más tiempo a las labores de aseo, más allá de las que exigen el pelo, los dientes y las uñas.

Dos o tres estaciones adelante se me ocurrió que tal vez de eso se trata el paso por este mundo: de una permanente labor de aseo que comprende tanto lo escatológico como lo sublime. En eso consiste: en retirar las capas de grasa para encontrar lo magro, en despejar el polvo de los anaqueles para encontrar los libros que de verdad nos pueden llegar al alma, en destapar las arterias cuando se llenan de colesterol, en barrer hacia fuera del cerebro y limpiar la memoria de aquellos recuerdos que nos despiertan el rencor, en tirar al cesto de la basura tantos consejos inútiles o perversos y quedarnos en realidad con los que nos permiten ser mejores seres humanos.

FERNANDO QUIROZ

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