Opinión

De ciertos locos

Hay locos que viven del aplauso y del voto de hordas de autómatas que ven en ellos al Mesías.

25 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Al menos una tuerca suelta debía tener el bueno de Alonso Quijano para que hubiera decidido enfrentarse a los molinos de viento de las áridas tierras de La Mancha como si se tratara de gigantes enemigos. No hay duda: estaba loco este Quijote, que inspiró la pluma de Cervantes y ha encantado a tantas generaciones de lectores.

Otra forma muy distinta de locura, la del aventurero temerario, acompañaba al Maqroll que protagoniza buena parte de la obra de Álvaro Mutis y nos invita a pensar de una manera muy distinta a la que promueven los manuales de urbanidad.

Alabada sea, pues, la locura de personajes como el Quijote de La Mancha o Maqroll el Gaviero, alabada la locura de quienes los inspiraron y también, la cuota de locura que pudo haber en la mente de sus creadores.

Porque es evidente que se requiere al menos de una pequeña dosis de locura para dedicarse a la creación, para enfrentarse a la página en blanco o al lienzo virgen y convertir los gozos, las angustias y las dudas en versos o en manchas de color. Para proponer nuevas miradas del mundo o, incluso, construir mundos alternos. Cambiar la realidad.

Hay locos verdaderamente nocivos para una sociedad, y tanto más nocivos cuanto más alto se hayan encaramado en el poder

Locura productiva, como la de Picasso, la de Bob Dylan, la de Mozart, la de Van Gogh, la de Freddie Mercury, la de Gómez Jattin.

Pero hay locuras de locuras, incluida esa que parece indispensable para transitar por este mundo sin caer al abismo, sin renunciar en la mitad del camino, sin desfallecer al contemplar tanta barbarie.

Y hay locos de locos. Y no todos geniales ni inspiradores.

También los hay peligrosos, como la loca de Chapinero que iba por la calle poniendo inyecciones a los paseantes. Como el loco de la cárcel Modelo que picó a machete a todos los que creyó que habían matado a sus padres.

Hay locos verdaderamente nocivos para una sociedad, y tanto más nocivos cuanto más alto se hayan encaramado en el poder. Locos que amenazan, mienten y difaman como si declamaran versos, como si pronunciaran mantras. Locos que atacan a todo aquel que pone en duda su vigencia. Locos que padecen una sed de poder de tales dimensiones que en busca de saciarla pueden llegar, incluso, a poner en riesgo la vida de sus contradictores. O de los que creen que lo son: como el loco de La Modelo.

Locos que viven del aplauso, de la idolatría y del voto de hordas de autómatas que ven en ellos al Mesías.

FERNANDO QUIROZ

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