Opinión

Cielito lindo

Me preguntaba quién en las tribunas empezó a entonar ese otro himno mexicano. 

26 de junio 2018 , 12:00 a.m.

De repente las gargantas resultaron más fuertes que las cornetas en el Rostov Arena, y solo se oyó una voz que cantaba “ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones...”. Y era inevitable que se pusiera la piel de gallina. Que se aguaran los ojos. Que dieran ganas de unirse a ese coro de miles de mexicanos que animaban a su equipo desde la tribuna, en el partido en el que la selección de su país enfrentó a Corea del Sur el sábado pasado.

Allí estaban Pedro Vargas y Antonio Aguilar y Ana Gabriel y Pedro Infante... estoy seguro de haberlos oído y de sentir cómo contagiaban a sus compatriotas. Allí estaban, entonando la canción centenaria de Quirino Mendoza, aunque físicamente no se los hubiera visto en las graderías de aquel estadio mundialista.

Me preguntaba quién en las tribunas empezó a entonar ese otro himno mexicano. De qué manera se fueron pasando la voz. Quién dio la orden de comenzar, sin necesidad de contar un, dos, tres, cuatro. E imaginaba la emoción de estar allí, de notar cómo corría la patria por las venas: de sentir en un instante el peso de los siglos, de las tradiciones que le fueron dando forma a una de las culturas más admirables del planeta.

Y entendí que el fútbol es capaz de lo sublime.

Han llegado miles de mujeres y de hombres que quieren mucho más que animar a su equipo: que están dispuestos a poner una bandera en la cima de las emociones.

No quiero pensar en este momento en los desmanes que a veces llegan por causa de la euforia de los triunfadores. No quiero repasar ahora las imágenes recientes que dan cuenta de la agresividad de algunos perdedores. Es cierto que la deshonestidad y la intolerancia y la violencia y la muerte han escrito páginas en la historia del fútbol.

No pienso desconocer esos capítulos tristes y vergonzosos de este deporte, pero hoy, en este instante, quiero quedarme con la imagen de un estadio lejano hasta el cual han llegado miles de mujeres y de hombres que quieren mucho más que animar a su equipo: que están dispuestos a poner una bandera en la cima de las emociones, que quieren contarle al mundo de qué están hechos, que ansían llevar una parte del alma de México tan lejos como sea necesario para que todos sepan de esa nación que los une, que los convoca, que los mueve, que los convierte en un coro emocionante, inolvidable.

P. S.: Ilusionados con la clasificación de nuestra selección a la siguiente ronda, imaginaré que el jueves la tribuna corea “Colombia, tierra querida...".

FERNANDO QUIROZ

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