Opinión

Las armas y las letras

Como Cervantes y Gabo, los escritores siempre han tenido una preocupación por la paz y la justicia social.

09 de septiembre 2016 , 04:29 p.m.

Don Miguel de Cervantes, quien fue soldado en la batalla de Lepanto, escribió en el Quijote un curioso discurso sobre las armas y las letras donde asegura que estas son necesarias para defender las repúblicas, conservar los reinos, asegurar los caminos y despejar los mares de corsarios.

Para el autor del Quijote, las armas deben ser propiedad exclusiva del Estado para defender su soberanía y la seguridad de sus ciudadanos, y no de personas o fuerzas al margen de la ley.

En el mismo discurso, el autor español bendice aquellos tiempos que carecieron de la espantable furia de estos “endemoniados instrumentos de artillería”, y manda al infierno a los creadores de armas por su diabólica invención.

El escritor de Alcalá de Henares termina arrepentido de haber participado en la guerra en “edad tan detestable que ahora vivimos”, porque a él, que ningún peligro lo asusta, le preocupa que la pólvora y el estaño le vayan a quitar la ocasión de hacerse famoso.

Después de la batalla de Lepanto, donde fue herido en la mano izquierda, Miguel de Cervantes abandonó las armas y se dedicó a las letras.

Nuestro Premio Nobel, Gabriel García Márquez, quien a diferencia de Cervantes nunca empuñó un arma, fue un diplomático que luchó a lo largo de su vida por la paz y la reconciliación en el país.

Gabo fue decisivo en el acuerdo de paz con el M-19 durante el gobierno de Virgilio Barco, participó en la mesa de negociaciones con el ELN en La Habana durante el gobierno de Pastrana, estuvo presente como periodista en El Caguán, y fue mediador ante Fidel Castro para que el gobierno cubano aceptara su rol como anfitrión y garante en el actual proceso de paz con las Farc.

Como Cervantes y Gabo, los escritores siempre han tenido una preocupación por la paz y la justicia social.

En 1988, el autor de Aracataca afirmó para el diario Die Welt de Alemania que “la paz es como la felicidad: se dispone solamente a plazos y se sabe lo que se tenía después de que se ha perdido”.

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Gabo concluyó: “Los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a 100 años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Fabio Martínezwww.fabiomartinezescritor.com

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