Opinión

Golpe a las víctimas

El país es así: arrogante en medio de la profunda desigualdad social y ciego con la guerra.

12 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

De nuevo, otro golpe a las víctimas de la guerra. En esta ocasión, el impacto fue propinado por los miembros del Partido Conservador, Cambio Radical y Centro Democrático, que en el Congreso se negaron a que las ocho millones de víctimas de la guerra hicieran parte del más importante órgano legislativo del país.

Esta propuesta, que nació con el acuerdo firmado por el Gobierno y las Farc, tenía el espíritu de incluir aquellas regiones que históricamente han sido excluidas y no han tenido ningún poder de participación en los organismos de decisión del Estado.

Territorios como el Pacífico, Caquetá, Putumayo y Catatumbo han sido tradicionalmente zonas rojas de guerra que han sido excluidas del mapa político, y por esto arrastran un atraso económico y social de más de cincuenta años.

La determinación que ha tomado el Congreso de la República no solo es grave para la paz, sino también para el país. El argumento en el sentido de que las dieciséis circunscripciones eran para la exguerrilla de las Farc es falso, así como han sido falaces los planteamientos que se han venido esgrimiendo para hacer trizas el proceso de paz.

¿Quiénes ganaron? Los congresistas de la República que no quieren que el país político cambie.

Lo cierto es que el país perdió, perdieron las víctimas y perdieron las regiones. Los congresistas no comprendieron que las regiones, al tener una participación en el Congreso, ampliaban la democracia y se abría el espacio para que los empresarios comenzaran a invertir en el otro país.

¿Quiénes ganaron? Los congresistas de la República que no quieren que el país político cambie (por esto hundieron la reforma política), ni que se haga la paz, en un país donde cada día florecen más ‘paracos’ y disidencias armadas.

Al país político no le interesa la paz. Le interesa la guerra y su profundización, porque esta trae excelentes dividendos económicos. De ahí que la lucha contra la paz haya sido despiadada, y en cambio callen las atrocidades cometidas por el paramilitarismo.

En una ocasión, el expresidente Alfonso López Michelsen caracterizaba a Colombia como el ‘Tíbet de Suramérica’ para indicar que este país era raro en cuestiones de pensar y tomar decisiones acertadas.

Existen varios ejemplos para destacar esta característica endogámica y ultramontana sobre nuestra cultura del pensar. Señalo dos, una de política exterior y otra de economía: en la guerra de las Malvinas, Colombia estuvo a favor de Inglaterra y en contra de Argentina. En cuestiones de economía, todos nuestros gobernantes –desde César Gaviria, pasando por Andrés Pastrana, Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos– se han jactado de subastar nuestro patrimonio nacional a las multinacionales.

Quizás por nuestro espíritu cerrado, tibetano, el mundo no comprende por qué en Colombia se sigue cuestionando un acuerdo de paz donde se desmovilizaron siete mil guerrilleros, ahorrándonos otros cincuenta años de guerra.

Pero el país es así: arrogante en medio de la profunda desigualdad social que nos pone en los lugares más deshonrosos al lado de Haití, y ciego con la guerra.
Un país que no respeta a sus niños y sus mujeres es una nación que no quiere la paz. Un país que denigra de la historia y persigue libros está condenado a vivir en medio de la guerra.

FABIO MARTÍNEZ
- www.fabiomartinezescritor.com

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