Opinión

Los candidatos jóvenes

¿Por qué se difunde que la juventud promete buenos candidatos, particularmente honestos?

28 de abril 2018 , 12:00 a.m.

En esta época, la mayoría de campañas incluyen entre sus atractivos que el candidato es joven, o que cuentan con el apoyo de muchos jóvenes. Pareciera que la juventud fuera un bálsamo que se aplica sobre la imagen pública de una persona para convertirla en un ‘buen candidato’.

Pero ¿en realidad la juventud hace mejor a un candidato?

Un candidato se puede medir en tres aristas:

1. Honestidad. Esto es, que actúe de acuerdo con unos valores mínimos compartidos en sociedad.

2. Afinidad ideológica. En otras palabras, que defienda principios, posiciones y métodos similares a los que yo como votante creo que deben conducir la sociedad.

3. Capacidad. Es decir que sea efectivo en la implementación de su plan de gobierno.

La juventud no garantiza ninguno de los tres. Se puede ser joven y deshonesto, como viejo y honesto. Igualmente, hay jóvenes y viejos de todas las tendencias políticas. Para completar, la capacidad de implementación de un plan de gobierno tiene mucho que ver con las alianzas mayoritarias que pueda establecer el candidato y poco o nada que ver con la fecha de nacimiento que aparece en su cédula de ciudadanía.

Entonces, ¿por qué se difunde que la juventud promete buenos candidatos, particularmente honestos?

La capacidad de implementación de un plan de gobierno tiene mucho que ver con las alianzas mayoritarias que pueda establecer el candidato y poco o nada que ver con la fecha de nacimiento.

Discursos de campaña como estos tienen eco en la sociedad debido a una forma de ver el mundo –que fue difundida por el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau– según la cual “el hombre es bueno pero la sociedad lo corrompe”. Dicha idea es tanto imprecisa como incompleta, ya que es en sociedad donde surgen los parámetros tanto del bien como del mal. Sería más adecuado decir: ‘el hombre es ingenuo hasta que la sociedad le enseña los caminos del bien y del mal’.

Dicho de una manera menos trascendental: el niño es ingenuo y capaz de cualquier cosa hasta que la sociedad lo incluye, llenándolo del conocimiento y definiéndole parámetros sobre lo bueno y lo malo. Tan es así que somos mucho más condescendientes con los niños que con los adultos cuando hacen cosas ‘malas’, ya que somos capaces de reconocer que el niño está en formación, sin haber sido incluido culturalmente en plenitud y teniendo sus fronteras entre el bien y mal todavía borrosas.

Esta columna no pretende desanimar al lector que había puesto sus esperanzas en un candidato de veintitantos, sino más bien invitar a que a la hora de buscar ‘síntomas’ de honestidad, capacidad y afinidad ideológica, no se guíe por la edad del candidato. Si es el caso pregúntese: ‘si el candidato tuviera cuarenta años más y conservara su salud física y mental, ¿votaría por él?’

FABIO CASTRO-FORERO
* Columnista invitado. Abogado Universidad Externado. Master Sociología Jurídica Universidad del País Vasco.

MÁS COLUMNAS

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA