Opinión

Una y mil muertes

Las enseñanzas de la Pola deberían estar inscritas en las paredes de todas las aulas de los colegios

17 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

De camino hacia el patíbulo, al asomar a la puerta de la capilla del Sagrario donde había pasado la noche en vela aguardando la hora de su ejecución, Gregoria Apolinaria Salavarrieta, apodada Policarpa, reanudó las invectivas con que había aturdido los oídos de sus guardianes, de Nuestro Señor Jesucristo, colgado de una cruz arriba del altar, como condenado por una eternidad a permanecer en semejante incomodidad, y de dos sacerdotes que procuraban calmarla y que le rogaban ser humilde y pedir perdón a Dios por sus pecados.

La ira de Policarpa aumentaba en proporción inversa a la mansedumbre postiza de sus confesores. Su artillería de epítetos parecía provista de municiones inagotables de grueso calibre, y solo hizo una pausa del fuego apenas vio a la multitud de hombres, mujeres y niños que se aglomeraban silenciosos para presenciar la ejecución de la primera y tal vez la única mujer que sería fusilada en la capital. Su crimen, equivocarse de bando y servir de espía de las fuerzas patriotas que se organizaban en Venezuela y en los Llanos Orientales.

¿Qué día era ese? A Policarpa la tenía sin cuidado. Lo mismo le daba que fuera 13 o 15, pero era 14 de noviembre de 1817, y en pocos minutos, a ella y a sus cinco compañeros de martirio, los pondrían de espaldas al pelotón de fusilamiento, no de frente, porque se los juzgó traidores y a los traidores los matan por la espalda “para mayor ignominia de su nombre”. Los cinco la contemplaron con ojos vidriosos, en los que se mezclaban la incredulidad y la admiración, cuando Policarpa pidió a sus verdugos permiso para dirigir sus últimas palabras a la multitud expectante. Formaba costumbre milenaria conceder esa merced postrera a los condenados a muerte, y no se hizo excepción con Policarpa. A ella no le tembló la voz para decir:

“¡Pueblo indolente! ¡Cuán diversa sería hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más, y no olvidéis este ejemplo…”.

Desde 1817 hasta hoy, Policarpa Salavarrieta, en su exilio del más allá, habrá sufrido mil muertes al contemplar cómo sus compatriotas no logran conocer todavía el precio de la libertad.

Esas palabras fueron escuchadas y anotadas por un testigo presencial de aquel momento único, que constituye, no se dude, uno de los instantes imborrables más gloriosos, emocionantes y ejemplares en nuestra historia. El entonces recluta forzado, que después fue general y presidente de la República, José Hilario López, las transcribió en sus ‘Memorias’ y las salvó del olvido. Y en la memoria nacional aquella enseñanza de la Pola se ha transmitido, generación tras generación, como una teoría que trata de no naufragar en las aguas purulentas de las prácticas corruptas que han afeado y ensombrecido nuestra vida democrática.

Ellas deberían estar inscritas en las paredes de todas las aulas de todos los colegios y universidades de Colombia; pero no están. Deberían estar inscritas en letras de oro sobre el frontispicio del Capitolio Nacional; pero no están. Y acaso sea mejor, porque ya se las habría robado esa caterva de corruptos que a lo largo de los años han hollado y mancillado el recinto sagrado de la democracia, elegidos, una vez y otra vez, por el “pueblo indolente”.

En 1917 se celebró con fasto el primer centenario de la muerte heroica de Policarpa Salavarrieta, se efectuaron grandes fiestas, se levantó en Las Aguas una estatua en su memoria y un pueblo agradecido le tributó homenaje resonante hasta en los rincones más lejanos del país. Para inaugurar la estatua habló otra mujer, una maestra como Policarpa (que lo fue en Guaduas), Manuela Ayala de Gaitán, madre de Jorge Eliécer Gaitán, cuyo padre, don Eliécer, publicó una biografía de Policarpa, que dedicó a sus hijos, en especial a Jorge Eliécer, para estimularlos a seguir el ejemplo de la Pola.

En 2017, el segundo bicentenario de la muerte de Policarpa Salavarrieta ha pasado inadvertido en las esferas oficiales, quién sabe por qué. Solo el departamento de Cundinamarca apoyó un ensayo biográfico novedoso, ricamente ilustrado, y escrito por el conocido historiador e investigador Andrés Olivos Lombana: ‘Policarpa, la libertad y las mujeres’, obra de suma importancia que rescata a Policarpa no como una heroína local, sino como una de las grandes mujeres del romanticismo libertario de América Latina.

Junto con Policarpa cayeron su novio, el poeta José María Arcos; el oficial patriota Alejo Savaraín, novio de la compañera de Policarpa en la red patriota de espías, María Ignacia Valencia, y los soldados desertores del regimiento de Numancia: Francisco Arellano, Juan Manuel Díaz y Jacobo Marufú. La patria agradecida los ha olvidado.

Desde 1817 hasta hoy, Policarpa Salavarrieta, en su exilio del más allá, habrá sufrido mil muertes al contemplar cómo sus compatriotas no logran conocer todavía el precio de la libertad. Una indolencia idiosincrática por la que han tenido que pagar precio aún más alto en sangrientos conflictos fratricidas, en miles de vidas humanas, en corrupción, en desapariciones forzadas, en asesinatos de líderes sociales, en degradación de la calidad de vida, esclavitud laboral y desempleo.

Podemos sin esfuerzo imaginar el llanto amargo y torrentoso de la Policarpa valiente viendo cómo, después de setenta años de guerra incesante, un gobierno consigue frenarla, firma la paz con el enemigo, se desarman los rebeldes, vuelve al territorio una tranquilidad que habíamos olvidado, y un sector del país, de ese infinito número de los necios, rechaza los acuerdos de paz y trata de traidores al gobierno y a su presidente porque no continúan la guerra. “Pueblo indolente” que se deja arrastrar por las mentiras persistentes y malvadas de un líder monomaníaco, “cuán diversa sería hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad. Pero no es tarde”.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

COLUMNISTAS

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