Opinión

La campaña sucia y la paz

La paz atraviesa dificultades, como toda criatura en sus primeros años, pero no está en riesgo.

04 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

La guerra sucia, el juego sucio, las campañas sucias no son invento de nuestros días. De la Grecia antigua a hoy, la infamia ha sido una de las armas favoritas de los políticos corruptos para controlar a la opinión y desacreditar a los que actúan con limpieza y decencia.

Cito un ejemplo. Lea el que quiera y tenga tiempo en la ‘Gazeta de Santafé’ publicada durante el régimen del terror del llamado ‘Pacificador’ Pablo Morillo (1816-1819) la catarata de canalladas que se dicen ahí contra el Libertador Simón Bolívar: declararlo muerto, por lo menos en seis oportunidades, calificarlo de bandido, adjudicarle los excesos, crímenes, violaciones al sexo femenino, decapitación de niños, saqueo de iglesias, y muchas otras barbaridades que cometían, no el Libertador ni el ejército patriota, sino la soldadesca española con el beneplácito de la oficialidad realista y del mismísimo Pacificador Morillo.

Las ‘posverdades’ o mentiras de la ‘Gazeta de Santafé’ eran tan contraevidentes con la realidad que, en lugar de hacerse a una opinión favorable al régimen colonial de reconquista, puso al pueblo de la entonces Nueva Granada (hoy Colombia, Venezuela y Ecuador) en pie de lucha contra los invasores y de apoyo sin reservas a la causa patriota, aun de aquellos (que no eran pocos) indiferentes al tipo de gobierno, colonial o republicano, que rigiera sus destinos.

Asistimos al desplome de un establecimiento neoliberal podrido por la corrupción. Una de las manifestaciones de esa corrupción es la campaña sucia que emplean los para desvirtuar a un adversario.

Hoy tenemos, y lo hemos tenido hace varios años en varias campañas electorales, a un telegenio maléfico del juego sucio, un tal J. J. Goebels, que “con mi dinero y mis recursos”, dice él, sin aclarar de dónde saca “su” dinero y “sus” recursos, se está “ocupando de Petro en Colombia y de López Obrador en México” para impedir que esos líderes progresistas lleguen al poder “a instalar el comunismo”. En Colombia no se trata nada más de impedir que Gustavo Petro sea electo presidente en la primera o la segunda vueltas de las elecciones próximas. También se busca “hacer trizas” la paz, como ya lo estarían logrando, aparentemente, de acuerdo con el titular que en su edición de ayer jueves publica EL TIEMPO: “El país, pesimista sobre el futuro de la Paz”, según lo advierte una encuesta en la cual “el 70 % de los encuestados creen que la implementación (de los acuerdos de La Habana) va mal”.

Leyendo a muchos columnistas, o escuchando a comentaristas de radio y televisión, se aterra uno de la intención proterva de contribuir a enterrar la paz de algunos llevados por el odio y la envidia que les genera, inexplicablemente, el hecho de que el presidente Santos haya ganado el Nobel de Paz. Quieren demostrar que no lo merecía y creen que la mejor manera de hacerlo es acabando con la paz que Colombia disfruta luego de los históricos acuerdos de La Habana.

El odio irracional (discúlpenme el pleonasmo, pues el odio es en sí mismo irracional) del senador Fierabrás Uribe hacia su sucesor en la presidencia ha creado en Colombia un ambiente de hostilidad artificial que los serviles de Uribe se esmeran en esparcir por los medios posibles. No les importa acabar con la paz del país, ni contaminarlo con su odio contagioso, si ello puede hacerle daño al premio nobel y presidente colombiano Juan Manuel Santos. Sin duda han conseguido, triste victoria, que la popularidad del mandatario esté en un punto casi tan bajo como la del alcalde Peñalosa, pero no por eso podemos permitir los colombianos que se hunda la paz y regresemos a la guerra septuagenaria que terminó, moléstele al que le moleste, hace dos años. No confundamos los beneficios de la paz con los maleficios de TransMilenio, por favor.

La campaña sucia orquestada por el genial J. J. Goebels contra Gustavo Petro y contra la paz no le dará resultados. Gracias a estos últimos años de paz, el país real es otro. No el de las encuestas amañadas, sí el de los ciudadanos que, cada vez más, están pensando por su cuenta y oyendo bien y comparando, por ejemplo, lo que dicen que dijo Petro con lo que Petro en verdad está diciendo.

Asistimos al desplome de un establecimiento neoliberal podrido por la corrupción. Una de las manifestaciones de esa corrupción es la campaña sucia que emplean los pablomorillistas de hoy para desvirtuar a un adversario que, como Gustavo Petro, juega limpio y promueve la decencia, sin la que el país no podrá liberarse de la corrupción, ni la paz tendrá sosiego.

“¿Qué hacemos con la paz?”, se pregunta ‘El Espectador’ en el título de un editorial. Esa pregunta, un poco ingenua, tiene una respuesta simple y contundente: la paz debemos conservarla, cuidarla, consolidarla y evitar que, nunca más, Colombia vuelva a vivir los horrores de la guerra.

La paz es un bebé recién nacido que sufre un resfrío. ¿Matarían unos padres a su hijo recién nacido porque está resfriado? Medios internacionales preguntan con alarma si la paz de Colombia está en riesgo. No, definitivamente. La paz de Colombia atraviesa dificultades, como toda criatura en sus primeros años, pero no está en riesgo. A menos que Colombia no sea un país, sino un manicomio. Y no es el caso. Padecemos unos cuantos locos furiosos, quizá más de los necesarios, pero en la ocasión presente la cordura ciudadana prevalecerá sobre “el ruido y la furia”, derrotará el odio y la maledicencia.

La encuesta más reciente, del Celag, indica que Petro y Duque están técnicamente empatados en la intención de voto. Duque, 34 % y Petro, 30 %, con una anotación importante: Duque viene en descenso imparable, y Petro en ascenso imparable. ¿Se da cuenta J. J. Goebels de que sus trucos cochinos ya no le funcionan?

ENRIQUE SANTOS MOLANO

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