Opinión

Con las encuestas a cuestas

Cómo piensen tres mil personas no es una medida certera de la intención de voto de 15 o 20 millones.

27 de abril 2018 , 12:00 a.m.

En la columna anterior atribuí a la revista ‘Dinero’ una encuesta ‘online’ que da como favorito a Gustavo Petro, con cerca del 63 % de la intención de voto. El director de ‘Dinero’, doctor Carlos Enrique Rodríguez Pérez, y la responsable de la página web de esa publicación, Sandra Carvajal, me enviaron comunicación muy cordial para rectificar mi información, en el sentido de que ‘Dinero’ no ha hecho ninguna encuesta, ni en la edición impresa ni en la web.

Efectivamente, incurrí en una equivocación por la que ya he presentado a la revista ‘Dinero’ las debidas disculpas. El error obedeció a ese diablillo de la internet que, quizá por el exceso de mensajes que se cruzan por segundo en los chats, mandó uno con la encuesta como realizada por ‘Dinero’, cuando en realidad ella era originada en el portal LoDigital.co. En otras palabras, la encuesta es verídica, pero no realizada por la revista ‘Dinero’. Aclarado el equívoco, reitero, tanto a la revista ‘Dinero’ por haberle endilgado una iniciativa que le es ajena, como al portal LoDigital.co por enajenarle su encuesta, mi disgusto enorme conmigo mismo.

Sin embargo, mi equivocación lamentable no invalida el fondo de la cuestión: las encuestas tradicionales han perdido vigencia, por su capacidad limitada de cubrimiento, ante la aparición de las encuestas en línea (‘online’) de gran cobertura. Así lo sostiene también el columnista de ‘El Espectador’ Jorge Gómez Pinilla, quien dice: “Es verdad que en las encuestas ‘online’ solo votan los que tienen computador o celular con internet y datos, pero igual es cierto que estas reflejan más fielmente las tendencias reales que aquellas que solo consultan a un número de personas que rara vez es superior a 3.000. Basado precisamente en esa premisa, días atrás preguntaba yo en Twitter: ‘¿Por qué en todas las encuestas que hacen en las redes sociales siempre gana @petrogustavo, mientras en las que hacen las empresas encuestadoras siempre gana @ivanduque?’”.

Buena pregunta del columnista agudo, que por supuesto no obtendrá respuesta. Los encuestadores tradicionales continuarán con sus encuestas a cuestas. No dudo, Dios me libre, de la honestidad de las empresas que hacen esos sondeos, sino de la eficacia de su metodología para medir la intención de voto del electorado. Cómo piensen tres mil personas no es una medida certera de la intención de voto de quince o veinte millones de ciudadanos que no han sido consultados por los encuestadores; en cambio, la divulgación del modo como desean votar tres mil sufragantes sí ejerce un influjo (antidemocrático) en miles de ciudadanos que no votan inspirados en su propia opinión sino en las cifras de las encuestas.

Las propuestas y los programas de los candidatos presidenciales son más difíciles de digerir para un sector grueso del público que unas cifras escuetas.

Las propuestas y los programas de los candidatos presidenciales son más difíciles de digerir para un sector grueso del público que unas cifras escuetas. Estas no exigen ningún esfuerzo mental de asimilación, y por lo mismo se instalan sin incomodarlas en mentes que adolecen de un vacío de pensamiento o de discapacidad analítica.

Estamos hoy a un mes exacto de las presidenciales que escogerán al próximo mandatario de los colombianos. Ojalá ellas y ellos dediquen los treinta días finales a pensar por su cuenta, y no por cuenta de las encuestas, en quién puede ser el mejor para regir con acierto los destinos de cincuenta millones de personas que habitan en Colombia. Que cada elector vaya a la urna con un voto bien pensado, bien meditado, con una convicción sólida de que su tarjetón es un aporte al gran esfuerzo colectivo para enfrentar, todos a una, el difícil pero grandioso reto del siglo veintiuno. No pudimos lograrlo en el siglo veinte. Nuestra clase dirigente fue mediocre, torpe y mezquina, inferior a sus responsabilidades, y no dio la talla. Incluso saboteó, injurió, apabulló o asesinó a los pocos líderes que la denunciaron y que intentaron avanzar el país hacia la equidad y el progreso verdadero.

La disyuntiva el próximo 27 de mayo es inequívoca: o rescatamos la democracia y sepultamos de una vez y para siempre esa dirigencia corrupta o nos sometemos a ella por otros cien años. De eso, y de nada más (ni de nada menos), se trata.

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Como es natural, cada ciudadano tiene un candidato de su preferencia (o puede todavía no tener ninguno), pero cada quien democráticamente manifiesta el porqué de su adhesión a determinado aspirante. El senador del Polo Democrático, Jorge Robledo, considera que Sergio Fajardo “es el mejor candidato que pueden elegir los colombianos”; el senador del Centro Democrático, Álvaro Uribe Vélez, mete sus manos y sus pies al fuego por el joven y simpático, aunque inmaduro, Iván Duque; Germán Vargas Lleras cree que Germán Vargas Lleras es el hombre indicado para gobernar en el cuatrienio que se avecina; el expresidente César Gaviria aboga por Humberto de La Calle como un candidato con experiencia y honestidad, y sin duda lo es; Vivian Morales, como Vargas Lleras, habla por ella misma.

Yo me identifico con los millones de colombianas y colombianos de todas las edades y condiciones, que día por día salen a las plazas en las regiones, en las ciudades, en los municipios grandes o pequeños, en las veredas, para escuchar atentos las exposiciones del candidato de Colombia Humana, y aclamarlo al grito sonoro de “Se llama Gustavo Petro y queremos que sea nuestro presidente”.

ENRIQUE SANTOS MOLANO

COLUMNISTAS

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