Opinión

Terror en Mánchester

Son los niños y jóvenes, en momentos de alegría, los blancos de esta última ola criminal.

26 de mayo 2017 , 12:00 a.m.

Otra bomba suicida. Otras muertes inocentes. Otro acto de barbarie sin sentido.

En medio del dolor de tanta tragedia, pensé en mis hijos. Fueron ellos quienes motivaron nuestra visita a Mánchester hace un par de años para escuchar a Shakira, en la misma arena sacudida por el terror esta semana. Son los niños y jóvenes adolescentes, en momentos de alegría, los blancos de esta última ola criminal, como en Bataclan, en París.

Cada acto de terrorismo provoca una serie de imágenes e interrogantes que se repiten como ritual, expresiones a ratos de confusión e impotencia frente a tanto salvajismo difícil de comprender. El terrorismo (violencia indiscriminada con el objetivo de intimidar a toda una sociedad) plantea enormes retos a la comunidad, a los gobiernos, a los medios de comunicación.

Cada acto de terror reabre un debate recurrente, repetitivo, lleno de preguntas que no encuentran respuestas definitivas. ¿Cómo garantizar la seguridad sin que se afecten nuestras libertades? Este es un interrogante central.

La decisión de Theresa May, jefa del Gobierno británico, de elevar el “nivel de amenaza” terrorista y desplegar tropas en la calle ha sido objeto de críticas. Simon Jenkins, columnista de The Guardian, la considera innecesaria –la señala como alarmista, mientras reclama mayor calma–.

No son fáciles los dilemas de gobierno.

“La tarea de un líder –observa Jenkins– es mitigar en vez de promover la ansiedad pública. Es minimizar antes que propagar el impacto de un incidente”. Cierto. A las organizaciones terroristas se las desmantela con labores de inteligencia. También, cierto. Pero si la “inminencia” de otro ataque terrorista fuese real, es posible que el despliegue de la fuerza pública tuviese entonces impacto disuasorio, con lo que se salvarían vidas.

¿Cómo garantizar la seguridad sin que se afecten nuestras libertades? Este es un interrogante central

Jenkins, no obstante, atina en advertir la necesidad de evitar reacciones exageradas, contraproducentes, que terminan jugando en favor de los terroristas o que son simplemente infructuosas.

Los retos gubernamentales son aún mayores cuando los actos terroristas ocurren en medio de campañas electorales, como ha sucedido en el Reino Unido pocas semanas antes de las elecciones generales el 8 de junio. Son retos que cubren tanto al Gobierno como a la oposición.

En señal de solidaridad con las víctimas y de unidad ante la agresión terrorista, la campaña electoral quedó suspendida. Debe proseguir pronto. Como bien observó Rafael Behr, otro columnista de The Guardian, un momento de pausa era necesario, pero es esencial que ahora la política siga su curso.

El reto es adelantar el debate con “civilidad”, sin confundir unidad nacional con unanimismo. Antes que fe ciega en los líderes, la respuesta se encuentra en el “proceso democrático”, en búsqueda de soluciones que nunca serán perfectas. La “política” –dice Behr– es “nuestra defensa contra el terrorismo”.

El reto para los medios de comunicación es tan serio como descomunal.

Existe algún consenso entre los analistas: el terrorismo vive de la publicidad, su razón de ser. Tras los ataques en Francia, el filósofo Bernard Henri-Lévy propuso “relegar a los terroristas a la oscuridad de su propia infamia”. La publicidad que reciben solo sirve para trivializar el mal o, peor aún, para propagar su mensaje amenazante, glorificado entre posibles adeptos. Pero en cuanto a las redes sociales, su propuesta (un acuerdo entre los medios) es como pretender tapar el sol con las manos.

No existen respuestas evidentes frente al terrorismo contemporáneo. Se requieren mayores esfuerzos imaginativos para no doblegarse ante las amenazas de quienes han decidido ensañarse ahora contra la música y la adolescencia.

EDUARDO POSADA CARBÓ

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