Opinión

¿Democracia occidental?

La crisis actual de la democracia invita a reflexionar otra vez sobre su significado y sus valores.

03 de noviembre 2017 , 12:00 a.m.

¿Es la democracia un concepto exclusivo del llamado mundo occidental?

El interrogante provocó una interesante reflexión del premio nobel de economía Amartya Sen, meses después de la invasión de Irak, en 2003 (The New Republic, 6/10/03). El fiasco de la invasión era ya visible, así como el escepticismo frente a las perspectivas democráticas en Irak. Sin embargo, Sen advertía sobre la necesidad de distinguir entre lo que en ese momento sucedía en Irak y las proyecciones universales de la democracia.

La crisis actual de la democracia, tan generalizada, invita a reflexionar una y otra vez sobre su significado y sus valores. Aquel texto de Sen gana relevancia y puede servir de punto de partida.

Los enemigos de la democracia abundan. Sen limitó su reflexión a controvertir, sobre todo, uno de los más manidos argumentos: que la democracia es una noción de exclusivo origen occidental y solo puede florecer en los países “occidentales” –en Europa y Estados Unidos–.

Hay algo de racismo y sentimiento de superioridad cultural entre quienes así argumentan. Aunque el argumento también se aduce desde el polo opuesto, entre quienes acusan a Occidente, a sus designios imperialistas, de querer imponer la democracia en sociedades de tradiciones ajenas a sus valores.

Unos y otros revelan ignorancia. Como si los países occidentales hubiesen gozado siempre de la democracia, en una narrativa que omite las persecuciones religiosas en Europa, la esclavitud y el Ku Klux Klan y los horrores de las experiencias nazifascistas del siglo XX, para citar solo unos obvios ejemplos. Ningún país lleva democracia en sus venas.

La discusión, claro está, depende de qué entendemos por “democracia”. Sen sugiere que el error básico se encuentra en confundir la democracia con “elecciones”.

La discusión, claro está, depende de qué entendemos por “democracia”.
Sen sugiere que el error básico se encuentra en confundir la democracia con “elecciones” –en este falso entendimiento estaría anclada la noción del excepcionalismo democrático de Occidente–.

Sen prefiere definir la democracia como “el ejercicio de la razón pública”, en palabras de John Rawls. Dirige su atención a los valores de “pluralismo, diversidad y libertades básicas” que, junto a las prácticas de gobierno consultivo, “pueden encontrarse en la historia de muchas sociedades” (...) “India, China, Japón, Corea, Turquía, Irán, el mundo árabe y muchas partes de África”.

Me parece que la historia de las elecciones exige distintas consideraciones que las ofrecidas por Sen. Y la democracia antigua de los griegos estaba más basada en el sorteo que en las elecciones. Pero creo que Sen acierta en abrir interrogantes a la misma caracterización que se le da a la Grecia antigua como parte exclusiva del mundo occidental –por sus conexiones con Egipto, India, Persia y otras fronteras del Oriente, en ambas direcciones–. “Occidente” es una construcción social equívoca.

Además de “desoccidentalizar” a la Grecia antigua, Sen hace un repaso aleccionador de ciertas tradiciones de tolerancia y gobierno consultivo más allá de la frontera europea. En India, por ejemplo, tras el proceso pos-colonial en 1947, los arquitectos de la nueva democracia evocaron algunas fuentes de inspiración en sus emperadores del pasado, Ashoka y Akbar.

Y su punto central: las aspiraciones democráticas, como en la tierra de Nelson Mandela, tienen raíces propias.

Amartya Sen no propone allí un paradigma alternativo. Sería necio hacerlo. Su postulado es simple, lleno de sabiduría: lo que necesita corregirse, nos dice, es la noción de la “excepcionalidad occidental”. E inmediatamente advierte que no hay necesidad de reemplazar dicha noción con otra “generalización igualmente arbitraria”.

Su mensaje es claro: “democratización no significa occidentalización”.

EDUARDO POSADA CARBÓ

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