Opinión

De vergüenzas y orgullos, en paz

La superación nacional exige reconocer tanto los hechos vergonzosos como los que motivan orgullo.

22 de septiembre 2016 , 07:21 p.m.

¿Puede una nación que ha sufrido conflictos llenos de barbarie sentir al tiempo orgullo de logros y trayectorias? ¿Son el dolor y la vergüenza, frente a un pasado de violencia, incompatibles con sentimientos de orgullo nacional? ¿Cómo construir una narrativa de esperanzas ante tanta tragedia?

Pocos países en el mundo están libres de tales interrogantes. El filósofo Richard Rorty (1931-2007) abordó preguntas similares al reflexionar sobre la experiencia de Estados Unidos en una serie de conferencias en la Universidad de Stanford, recopiladas en su libro Achieving Our Country. Leftist Thought in Twentieth-Century America (Harvard University Press, 1998).

Parece oportuno repasar sus textos, cuando el país se prepara para la paz, tras el acuerdo final entre el Gobierno y las Farc sobre la terminación del conflicto, que, es de esperarse, la mayoría de los colombianos refrendará el 2 de octubre.
Rorty abrió su primera conferencia con una frase que vale repetir: “El orgullo nacional es a los países lo que el autorrespeto es a los individuos: una condición necesaria para la autosuperación”. Inmediatamente matizó. Excesos de orgullo nacional pueden producir “belicosidad e imperialismo”.

Según Rorty, ambos sentimientos –vergüenza y orgullo sobre el pasado y presente de un país– son “necesarios” para que el debate político sea “imaginativo y productivo”. Sin embargo, dicho debate no tendría lugar “a menos que el orgullo se sobreponga a la vergüenza”.

Importa advertir que Rorty no fue patriotero, ni chauvinista ni de derechas. Se identificaba con la izquierda. Sus reflexiones fueron dirigidas a un auditorio de izquierda, a una nueva generación norteamericana que asociaba el “patriotismo” con “la aprobación de atrocidades: la importación de esclavos africanos, la matanza de indígenas (...) y la guerra de Vietnam”.

Pero Rorty se distanció explícitamente del marxismo: “Porque el marxismo fue no solo una catástrofe en todos los países donde los marxistas se tomaron el poder, sino un desastre para la izquierda reformista en todos los países en donde no lo hicieron”. Sus héroes eran Walt Whitman y John Dewey, símbolos de la izquierda estadounidense en previas generaciones.

Importa también advertir que Rorty era escéptico frente a la “objetividad” histórica, sobre todo si se trataba de concebir la nacionalidad. Las versiones sobre la nación eran para él intentos de forjar una “identidad moral”, antes de su “representación fidedigna”, abierta por su misma naturaleza a múltiples narrativas, con frecuencia en conflicto: “Formulamos preguntas sobre la identidad nacional como parte del proceso de decidir qué queremos ser”.

De Whitman y Dewey, Rorty quiso rescatar una “religión cívica”, alejada del lenguaje del pecado y del determinismo de los dioses, que en su momento les permitió a sectores de la izquierda norteamericana defender reformas progresistas. Con pragmatismo: el progreso medido como mejora frente a condiciones pasadas y no frente a metas ideales.

Frente a un pasado de hechos vergonzosos, nos dijo, una persona (como una nación) puede optar por el “suicidio, o por una vida de autodesprecio eterno, o por intentar vivir de tal manera que aquellos hechos no se vuelvan nunca a repetir”. Rorty, como Dewey, recomendaba esta última opción para no convertirnos en “espectadores horrorizados de nuestro propio pasado”.

La superación nacional, observó Rorty, exige reconocer tanto los hechos vergonzosos como los que motivan orgullo. Es, pues, un falso dilema, al que Rorty respondió con un lenguaje de esperanza y una filosofía de acción democrática, en un texto relevante para la construcción de la paz.

Eduardo Posada Carbó

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