Opinión

Tema obligado, la visita papal

Me asombró el poder de convocatoria del Papa en este siglo corrompido.

12 de septiembre 2017 , 12:00 a.m.

Me invitaron los algoritmos de la Presidencia a la recepción de Francisco I, pero no tengo traje para esos eventos encopetados. Y temo a las multitudes. Las masas me espantan, sobre todo cuando están poseídas por una idea fija.

Ustedes saben, porque yo siempre estoy autobiografiándome, que en mi infancia de pequeño mamasantos con algo de bufón y de hipócrita ambicioné un nicho en los altares del catolicismo junto a un perro, como san Roque, o con un libro de palo en la mano. Y saben que hasta ingresé en el seminario de Yarumal, que regentaba Jesús Emilio Jaramillo, beatificado por el Papa el viernes. Pero pronto comprendí lo difícil que es merecer la canonización, que se necesita ser un gran criminal como Simón de Monfort, o un anoréxico extremo como san Antonio y como Pedro Alcántara. Y me resigné al anhelo menor de convertirme en el primer Papa latinoamericano, ya que no me alcanzaba para la aureola. Una vez les confesé a unos primos mi ambición. Y echaron el trapo de la risa y me dijeron que para ser Papa primero había que ser italiano. No sabían cómo yo intuía que las reglas podían cambiar. Aunque nunca se me pasó por la cabeza que me robaría la palma un compatriota de Borges, Gardel, el Che Guevara, y Les Luthiers dejando en nada la incredulidad de mis primos, que se las tiraban de liberales. Pero eran solo unos aguafiestas.

Sobre todo, me anonadó el Cristo de los muñones que presidió la liturgia en Villavicencio, imagen de la desvergüenza de una nación bestializada

Confieso que nunca simpaticé del todo con los papas que me tocaron desde Pío XII. Ni siquiera me gustó el tosco y amable de Juan el Bueno, en cuyo honor los nadaístas de Medellín fundamos la fábrica de papitas Juan XXIII, que fracasó a las primeras. Sin embargo, siempre me inspiraron respeto la institución papal y la contribución de la Iglesia católica a la creación de los valores de Occidente, a pesar de los papas del Renacimiento, que muchas veces fueron menos pastores que soldados, como Julio II, y menos cristianos que usureros. Como Alejandro Borgia.

La fe de la infancia se me desgastó entre las malas compañías, que a veces son tan buenas, y en los escritores reprobados por el Vaticano como nefastos para el espíritu. Pero jamás dejé de agradecer contra sus vicios conocidos a los papas de antaño, a veces crueles, pero con bastante sensibilidad para hacer de mecenas de Rafael y Miguel Ángel, para que tuviéramos el placer de contemplar el silencio de las madonas del uno y la música en piedra de La Piedad del otro.

En la visita de Francisco, que agoté por televisión haciendo zapping para no perder detalle, me asombró el poder de convocatoria del Papa en este siglo corrompido que corrobora la muerte de Dios declarada por las espiroquetas de Nietzsche, que se asoma a los agujeros negros y rastrea las espirales del código genético que nos determina mientras hace del planeta un estercolero, y que sigue apoyándose en las fábulas bíblicas para vivir. Me conmovieron hasta el fondo del alma la devoción popular y las homilías de Francisco, a veces hondas en su aparente sencillez. Pero, sobre todo, me anonadó el Cristo de los muñones que presidió la liturgia en Villavicencio, imagen de la desvergüenza de una nación bestializada. Y lloré lágrimas intermitentes, de catarsis, ante los testimonios de los representantes de las víctimas, y en especial ante esa mujer morena que ofrendó al Cristo Negro su muleta. Los de Bojayá, nombre para figurar en la historia universal de la infamia, restauraron el Cristo. A mí me parece que como lo dejaron las llamas ese día macabro estaba acorde con la crónica reciente de esta república de miserias absurdas. Pero el pueblo tiene derecho de enmascarar lo horrible. Para curar el rencor. Y restañar las heridas del corazón.

No sé cuánto gana un papa. Sé que este gana su sueldo bien ganado. A su edad, tantos desplazamientos, abrazos y emociones obligan a creer que es asistido por una fuerza superior. La de la dignidad de lo simbólico que encarna.

EDUARDO ESCOBAR

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