Opinión

Recuerdo con villancico

Nos preguntamos cómo habíamos podido volar sin alas, y sin un entrenamiento previo.

19 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Mitú era un aeropuerto precario, un cementerio sembrado de botellas clavadas por el pico, la iglesia, un hotel de chapas de cinc y treinta casas de tablas frente al río, cuando fuimos, un diciembre, Gonzalo Arango, el profeta, su novia y yo. Y una vez, mientras paseábamos al atardecer, vimos en un corral de varas unos novillos magros de aire sacerdotal, y en la tierra pisoteada del encierro unos hongos enormes, perlas suculentas, que comimos después de discutirlo con temor reverencial.

Solo llegaba un avión los jueves. Y si nos intoxicábamos estábamos fritos. Pero, llenos de confianza en la vida, procedimos. Habíamos ido en busca de un taita que nos iniciara en el yagé, y de los makú, últimos nómadas remanentes de la inocencia prehistórica, que se sustentaban con micos churucos, seguían las sendas de las castañas, y conocían el cielo hasta el último sol, y una linda embriaguez de hongos nos pareció de buen augurio para abrir la aventura. Éramos porfiados.

Después de ingerir las hostias del ágape de moda dimos con un camino que no habíamos visto antes, prolongación de la pista del aeropuerto. A veces la selva escandaliza y ensordece. Y otras pesa con un silencio que abruma. Esa noche solo se oía el roce de las estrellas sobre el lienzo del cielo. Y ninguno de nosotros hablaba. Sumidos en un estado indescriptible de plenitud humilde, hasta que anocheció.

Nos atrajeron con una canción para regalarnos el silencio. Y a continuación se apagaron las luces también.

Y entonces la selva explotó en luz ante nosotros. Y empezaron a cantar detrás de los árboles un villancico lejano y dulce. Paralizados por la majestad del instante inesperado, nos miramos. Y como sonámbulos caminamos al unísono hacia el prodigio. Cruzamos un pantano que nos tragaba. Un campo de zarzas que nos despellejó. Caímos en una red de bejucos cerrada como una prisión. Y ya estábamos con la angustia de los perdidos cuando la espesura se ensanchó dejándonos en medio de unos ranchos de paja nueva, estructuras cónicas bajo un resplandor apacible de otro mundo.

La música cesó. Y yo dije: nos atrajeron con una canción para regalarnos el silencio. Y a continuación se apagaron las luces también. Y empezamos a dar vueltas embelesados por el espacio vacío en la penumbra callada. Y entramos en uno de los ranchos. Donde unas muchachas se estaban desnudando. Lo cual nos pareció tan natural que yo hasta saludé con un solemne: buenas noches. Y ellas abrieron tamaños ojos, y empezaron a correr y a cacarear como gallinas ante el zorro. Y en un tris, tras nos vimos rodeados por un tumulto de muchachos con machetes y macanas y caras de pocos amigos.

La cosa no pintaba como el cielo al que creíamos haber llegado. Nadie nos entendió allí hechos unas miserias. Hubo un momento de tensión. Ellos parecían dispuestos a atacar la absurda aparición que representábamos. Y quién sabe lo que habría pasado si yo no hubiera dicho con serenidad y candidez que veníamos del aeropuerto, detrás de una canción de Navidad. Y ellos lo pensaron. Y repusieron que era imposible llegar por el aeropuerto cruzando el pantano, las zarzas y los bejucos. Y yo expliqué que tal vez nos había empujado la fe que mueve montañas. Y como vi que no comprendían mi teológico razonamiento, susurré para mis amigos. Deberíamos volar de aquí, ahora mismo. Y ellos me entendieron literalmente. Y empezaron a subir, a subir sobre la manigua, agitando los brazos, y yo los seguí, mientras las mujeres abajo agitaban collares de chochos y los muchachos entonaban un himno católico en tunebo.

Entramos al hotel por el patio. Aturdidos. Preguntándonos cómo habíamos podido volar sin alas, y sin un entrenamiento previo. Y la posadera incrédula nos trajo una ponchera para que nos laváramos. Y al otro día todo el pueblo comentó que tres ángeles habían violado el dormitorio de las sirvientas del obispo fingiéndose perdidos. Y si no me creen pregúntenle a Eurípides Rivera Poveda. Debe vivir allá todavía.

Feliz Navidad.

EDUARDO ESCOBAR

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