Opinión

Química cerebral y terrorismo

En la discusión quedan hilos sueltos que vale la pena reanudar. No hay que confundir las ganancias de los laboratorios con el beneficio social.

01 de agosto 2016 , 06:50 p.m.

Los seres humanos en busca de la salud han cometido montones de errores deplorables: los choques eléctricos de la siquiatría arcaica; las lobotomías que convirtieron a tantos en simples muebles; el trato espantoso dado a los enfermos mentales en los viejos siquiátricos; las operaciones anatómicas abusivas de los neonatos con alguna ambigüedad genital; las drogas como la talidomida que en el siglo XX ocasionó estragos y las catástrofes del Prozac son apenas unos ejemplos de los tropiezos de la ciencia en su empeño por hacer un mundo mejor. Muchas veces sin embargo pensando más en la contabilidad que en los protocolos que garanticen el bienestar social. El libro de contabilidad puede considerarse un elemento de orden que en muchas ocasiones también envileció la fabricación de los traperos lo mismo que los productos de la industria editorial.

La televisión alemana hace días ofreció un debate que invitaba al examen de los nuevos medicamentos lanzados al mercado por las farmacéuticas. A partir del suicidio aterrador de un ejecutivo adorable, según su mujer, que después de visitar al siquiatra comenzó a tomar ansiolíticos y dejó de dormir, se convirtió en un desconocido para ella y acabó conduciendo su automóvil a una autopista solitaria donde le prendió fuego después de ingerir él mismo gasolina. Como si quisiera destruirse de adentro hacia fuera, afirmó.

Los laboratorios se defienden con el argumento de que acudió al siquiatra porque ya era un desequilibrado y en consecuencia los medicamentos son inocentes. Pero rebuscando en la red encontré que casi todo lo que se dice sobre los ansiolíticos es positivo, con algunas reservas también. Los casos de efectos colaterales sospechosos a veces acabaron en demandas en los tribunales, que se solucionaron con tratos discretos entre los perjudicados y los laboratorios. Lilly a propósito fabricó en los tiempos inmediatamente anteriores a los de los niños de las flores el seconal, un tranquilizante poderoso y también poderosamente adictivo que llevó a muchos al fracaso, incapaces de liberarse de su influjo, a veces con las arterias destrozadas.

En la discusión quedan hilos sueltos que vale la pena reanudar. No hay que confundir las ganancias de los laboratorios con el beneficio social. Aquellos recurren al sofisma de las causas multilaterales. Pero hay hechos inquietantes: al menos tres de los últimos terroristas islámicos, incluido el que echó en Niza un camión sobre una multitud que celebraba la horrible orgía de la Revolución francesa, iban a los dispensarios para refugiados y consumían ansiolíticos. De modo que tal vez habría que declarar sin culpa al Corán (y la sacralización oficial de la violencia). A veces los remedios resultan peores que la enfermedad. Andreas Lubitz, el joven piloto que estrelló un avión lleno de gente en los Alpes, estaba bajo tratamiento. Y su siquiatra aún cavila si actuó según la ética profesional guardando el secreto de su salud en vez de avisar a la empresa sobre el riesgo de ocupar un desequilibrado bajo los efectos de la fluoxetina, cuyos efectos unos comparan con una suave sensación de paraíso y otros consideran que aumenta, en los niños sobre todo, el riesgo del suicidio porque en ocasiones conduce al autodesprecio.

Ahora la marihuana se convirtió en panacea: mitiga las convulsiones epilépticas y los padecimientos artríticos y ayuda a bien morir a los enfermos de cáncer. Y yo no puedo dejar de pensar en los miles de ciudadanos de bien que acabaron en prisión porque los médicos ayer reputaron de maldita la yerba ahora santificada, acusándola de degenerativa y esquizofrenógena, culpable de hirsutismo, de estupidez e impotencia. Ante tantas maravillas como hoy predican dan ganas de cambiar de fitoterapia. Y de volver a las semillas del dondiego de día. Y a los pacíficos hongos de las boñigas de la vaca, el menos oneroso de los nirvanas.


Eduardo Escobar

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