Opinión

Prejuicios de perogrullo

Dicen que el amor, la naturaleza y la muerte son los temas inevitables de la poesía, terna eterna.

07 de noviembre 2017 , 01:13 a.m.

Dicen que el amor, la naturaleza y la muerte son los temas inevitables de la poesía, la terna eterna. Pero la afirmación es una de esas de diario que cuando no hay a quién más, se atribuyen a Perogrullo, rotundas, de claridad meridiana a simple vista, pero que de repente nos estallan en la cara como pompas de jabón, convertidas en nada. Otra es que lo bueno, si breve, es dos veces bueno. Como si no existiera el placer de lo redundante, en los ritornelos de la poesía, los estribillos de las canciones, los arabescos de los arquitectos y los volantes de los modistos.

También dice Perogrullo que la poesía es alabanza, como si no hubiera bastante poesía de la ira para probar lo contrario. El poetizar es muchas veces la manifestación de una carencia y del sentimiento de derrota. El dios entusiasmo solo entra con sus rosas ardientes, estridentes a veces, en la casa del desesperado, como una recompensa.

Perogrullo pasa por alto los poemas del odio, que incitan a la degollina, y los de la simple tirria, la poesía satírica, los punzantes epigramas de Marcial (pulga de sus conciudadanos), y las espléndidas requisitorias que se cruzaron Quevedo y Góngora y Lope, alimentados con idénticas morcillas y rencillas. Recuerdo a Ehrenburg: los alemanes no son humanos, no perdones el niño alemán en el vientre de su madre. Si has pasado un día sin matar un alemán, lo perdiste. Y eso pensaron los alumnos de Lenin en todas partes. Había que matar a los ricos.

Don Quijote, poema de la melancolía, es la saga de un viaje inútil de dos amigos entre cosas que son y no son; Gargantúa, el desahogo de un monje que tenía hijos, un giróvago que se carteaba con los papas, indeciso entre San Francisco y San Benito, la teología y la medicina, el templo y la taberna. Debemos contar entre los motivos de la poesía los alelíes que perfuman bajo el rocío, pero también lo escatológico, las materias fecales, los frutos del vientre en que paran siempre desde Adán los frutos de sartén. Cervantes y Rabelais abundan en diarreas. Cuentan entre las partes más memorables de sus libros aquellas donde peor hiede. Y ni hablar de los relatos de Celine, que añadió inmundicia a la inmundicia con su literatura amarga.

En tiempos de Cervantes y Rabelais, de grandes pobrezas y pobres pompas, proliferaron los alquimistas. Corroborando la hermenéutica freudiana y las cartillas de los brujos de feria para las cuales en los sueños los excrementos simbolizan el oro. Si se sueña que se tiene daño de estómago, es probable que uno gane la lotería; si se cojea mientras se corre a la bacinilla, acertará la pata del chance. Un viejo tratado de alquimia china afirma que el fundamento de la obra, la materia prima para hacer oro en casa, es lo que botan cada mañana las nodrizas.

El genio humano se revela también en la divina capacidad para herir y en el coraje para encarar el Mal, los miasmas residuales de la vida; se cantó mejor la guerra que el descanso, los lutos que las fiestas, las tragedias del error mejor que los logros del trabajo y el amor.

Se recuerda más a Shakespeare por Ricardo III que por las comedias. Y a Sófocles que a Aristófanes. Las ‘Geórgicas’, con sus benévolos discursos sobre la gratitud que debemos a los caballos viejos, son incomparables con ‘La Eneida’; muchas páginas del amoroso Whitman elogian la bestia humana: redoblan tambores, trompetean cobres, restallan banderas ensangrentadas. Los versos concebidos en las luchas políticas, que agravaron una disputa territorial entre vecinos o mantuvieron viva una contradicción teológica, forman una biblioteca abigarrada y terrible.

En el libro clave de Musil, Arnheim se hace rico con una “empresa ennoblecedora de desperdicios”, en el reciclaje. En eso consiste a veces la justicia humana. Sobre todo en tiempos de urgencias donde el bien y el mal se confunden.

EDUARDO ESCOBAR

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