Opinión

Práctica de sentido incomún

No existen esos países fecales perfectos a los que se refiere Trump si nada es perfecto.

16 de enero 2018 , 12:07 a.m.

Donald Trump es uno de esos tipos ignorantes y ricos, tan comunes en los clubes de ejecutivos en todas partes, en todas las escalas del diapasón social, que a veces tienen nombre de pato. De día andan tiesos como santos que duermen detrás de una corbata y pavonean la estolidez, para decirlo con una palabra que no entiendan. Y por la noche duermen a pierna suelta, sin arrepentimiento, pensando que el dinero los exime, por un raro privilegio, del dulceamargo deber humano de educarse. Creen que forrando sus prejuicios en seda y oro los hacen confiables.

Esos hombres a veces confunden la opinión con las babosadas del sentido común de tenderos que practican. Y suscitan de paso un montón de sandeces equivalentes que en vez de refutarlos hasta los disculpan de carambola.

La última salida del señor Trump, o la penúltima, porque es posible que mientras escribo el magnate haya metido una vez más la dorada pata en el fango de las redes sociales, fue muy justamente lamentada. Sobre todo en África y Venezuela. Fastidia todo lo que se dice desde el púlpito de alguna desventurada pureza. Trump está dispuesto a abrir su país a los noruegos, pero se reserva el derecho a defenderse de los emigrantes de los países letrina, los pobres y desordenados de la superstición católica o islámica, que solo exportan poetas y payasos, basura lumpenesca y tierra cernida para la industria de los adelantados.

Otra vez recordaron en Telesur las palabras de Simón Bolívar cuando dijo que los Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para llenar la historia de crímenes en nombre de la libertad. Pero Bolívar otras veces alabó a Estados Unidos por sus instituciones. Contra todo, ese país posee reservas espirituales tan poderosas que ha soportado sin mosquearse a presidentes como Nixon, Bush y Trump. Para citar tres joyas de la corona del águila norteamericana.

Pero esto es del ámbito del show business de las apariencias. Lo real está sucediendo al margen de la política, en los laboratorios genéticos y astrofísicos, entre los diseñadores de inteligencias artificiales menos contaminadas que las nuestras con los elementos emocionales del ego.

No existen esos países fecales perfectos a los que se refiere Trump si nada es perfecto. Pero los ofendidos, latinoamericanos y africanos que clamaron contra la diplomacia de boxeador del marido de Melania, sacaron a relucir los penachos de plumas tropicales, adornos de sus flaquezas, espuma analgésica en las llagas de la conciencia del sentimiento de inferioridad, y revistieron de oricalco el ídolo de plomo de sus propios particularismos, reciclando la más peligrosa de las ilusiones, condenándose a ser la otra cara de la misma moneda, un eco del mismo ruido de una arcaica retórica. Las nociones de patria y nación en la aldea global acosada por peligros globales pertenecen al dominio de la arqueología de las ideas. Como la conciencia, un episodio que prolongó el romanticismo sobre la civilización industrial, y que expresó tan bien mi generación, ente que poco a poco se desvanece en el sonambulismo electrónico.

Este país intrincado, entrañable y ajeno no cae entre los que parecen alcantarillas por un pelo. Pero debe ser considerado entre los tristes, entre los hechos de remiendos, y justificado con las babosadas de los atimañeros que tuercen el derecho. Donde los partidos políticos parecen organizaciones para delinquir más que escuelas de ideas. Quién sabe de qué sustancias está hecho este país que uno ama con amor vergonzante como a una madre de mala vida. Que es imposible defender para conservar la honradez de aceptarnos en medio del barullo inútil del vagón de los retrasados de la historia que aspiran a entrar al futuro con sus gallinas, y resistiendo a las confusas vanaglorias hereditarias del sentimentalismo nacionalista.

EDUARDO ESCOBAR

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