Opinión

Poema para después de las elecciones

Qué pasaría si la gente dejara de votar. Entonces a qué se dedicarían los políticos.

19 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Estoy escribiendo en la alta noche en medio de los ladridos de los perros del vecindario reunidos en parlamento. Estridulan los grillos indiscretos en la hojarasca convocando a sus hembras a élitro herido. Chirrían las estrellas mientras resbalan en el cielo frutecido de verano como un joyel abierto. Fluye la trompeta de Miles Davis desde unos parlantes conmovidos. Resuelve un discurso de uvas destripadas, explaya la narración de unas tristezas. El país duerme desde los litigiosos cayos sanandresanos hasta las cachiveras de los ríos de pirañas del sur.

Con la excepción de algún borracho perdido en el laberinto de sus eses confusas, camino a donde no sabe, de una muchacha que se quedó sin con quién acoplarse y se dirige a su hotel de cinco cruces arrastrando unos zapatos derrengados y el chal rojo, de flecos, bandera en derrota. Hay un niño borracho en una alcantarilla en alguna parte. Se cubre con la hoja de un periódico de la Francia de los derechos humanos. Hay que desconfiar de los humanistas.

Acaba de pasar el rancio ritual de las elecciones. A la gente le gusta obedecer a ciertas liturgias. Yo después de mucho dudar acabé votando de mala gana. Sin demasiada fe. A estas alturas creo muy poco en casi todo. Y sé que el voto no hace más que llenar el vacío de la incertidumbre del ser. Y mitigar las arcaicas inclinaciones a sacarnos las tripas entre prójimos. Es una forma de contarse, de incluirse en una estadística, para rebajar el espanto de la soledad. Y qué pasaría si la gente dejara de votar. Entonces a qué se dedicarían los políticos. Y los que cosen las banderas.

El voto no hace más que llenar el vacío de la incertidumbre del ser. Y mitigar las arcaicas inclinaciones a sacarnos las tripas entre prójimos.

Nadie puede imponerle su voluntad al mundo. Creo con Simón Bolívar que los pueblos tienen los gobiernos que merecen. El juego del poder tiene algo diabólico. Por eso los políticos son así. Gentes acostumbradas a dilapidar sin rubor la confianza que los demás les dieron en depósito.

A mi edad, mi experiencia ha corrido por muchos cauces. Harto de esperanzas, a veces pienso que estos pueblos que se agitan en las pantaneras ecuatoriales de América, como dijo Bolívar con decepción, involucionan hacia la barbarie. Las Américas son ingobernables. Lo mejor que se puede hacer aquí es largarse. Exclamó.

Nadie puede rescatarnos de nosotros mismos. Las que nos cambian son las cosas, la tecnología, el desarrollo de las herramientas, el trabajo, la acción, no las ilusiones de la filosofía, las cándidas utopías de poetas. Contra lo que piensan los románticos, las máquinas nos hacen buenos, las invenciones de los laboratorios, las ingenierías, no las perogrulladas de los moralistas.

Ahora un avión con las luces encendidas cruza el fondo nocturno. Me llena de felicidad esa gente que allá arriba se hace buena, arrastrada por un arquetipo que aspira a realizarse, mientras bebe su whisky en un vaso de plástico helado previamente, sin saber por qué hace lo que hace, ni lo que sucede de veras. Somos un animal rebañego, pero con una trágica conciencia de soledad. Es el silencio el que tiene cosas por decir. No la alharaca vanidosa de las creencias meneándose en los escenarios. El centro del universo está en mi ombligo. Y en el tuyo también, ni más faltaba. Votar o no votar. Es la misma vaina. Mientras sigamos siendo como somos.

Desordenados, arteros y ladrones, y plagados de miedos. Tal vez venga un día cuando los computadores nos eximan del terror miserable de votar porque conocen la vía a la felicidad mejor que nosotros, corazones bienintencionados, crueles, y hechizados de fantasías.

Alegra que no tendremos que aguantar a Petro cuatro años –por lo menos– con su talante de gallo de veleta y sus entusiasmos de borracho. De Duque me gusta que no dice “otros, y otras”. Ni es el Adán de una nueva historia humana. Le deseo suerte. La necesitará. Con una oposición emponzoñada. Ojalá le sirva el espíritu conciliador que declaró su discurso del domingo. Amén.

EDUARDO ESCOBAR

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