Opinión

Los nombres de las mujeres

Las mujeres deben tener un nombre que nadie más que ellas sabe. Y por eso nos lo perdonan todo.

20 de junio 2017 , 12:53 a.m.

Algunas mujeres tienen nombres de virtudes aunque no lo merezcan, como Piedad, Clemencia, y Esperanza. O de flores, como Jazmín, Begonia y Dalia. El poeta romántico llamó Azucena a mujeres de distintos valores cromáticos porque hipostasiaba la blancura del ‘Lilium candidum’ en el alma hipotética de las muchachas que nombraba. O manoseaba. Pero nadie ha visto el alma de una mujer ni por alucinación. Las mujeres nos dejan acceder si acaso a su ropa interior como un privilegio. Y hasta a sus entrañas cuando se ponen generosas. Pero no más.

El filósofo alemán Otto Weininger dijo que carecen de alma. Y que la única tarea trascendente de nosotros los hombres es concederles una. El callejón es sin salida: primero tendríamos que hacernos con un alma nosotros, tan desamparados en las prerrogativas de nuestra virilidad. Weininger se pegó un tiro a los 23 años después de escribir ‘Sexo y carácter’, con razón. Ni misógino ni antisemita, como dicen. Solo fue uno en quien se hipertrofió el espíritu hegeliano. Pero hay mucha verdad en los argumentos de su obra. También creyó que los chinos están libres del estorbo de un alma. Y tal vez por eso tienen el socialismo que tienen.

Ana, Luz y Lía son nombres fáciles de pronunciar. Pero hay mujeres de nombres largos como Concepción y Magdalena, un nombre en desuso ahora en todas partes, como la decencia. Quizás porque la Magdalena emblemática es la del evangelio, que se prostituía, besaba a Jesús en la boca y le ungía los pies con perfumes caros. Mientras Judas rabiaba. Enemigo de la ternura femenina como buen tesorero. Nunca conocí una Magdalena de pelo corto. Toda Magdalena exige chorros de queratinas sobre espaldas caudalosas, y nalgas altas y bien hechas. A mí me gusta el catolicismo porque canonizó en la Magdalena a la puta. Y la hizo protagonista del drama del sacrificio del cordero que se reedita todos los días. Desde Caín.

Alejandra feminiza un apelativo de varón. Como Tulia a Tulio y Rafaela a Rafael. Pero también sucede al contrario. Un general colombiano se llama Roso y otro Rito, que suenan tan poco marciales. Hace años conocí una Alejandra que me descubrió el libro de Ernesto Sábato ‘Sobre héroes y tumbas’. Murió hace quince días. Una vez nos besamos. Y creí que me ahogaba en sus ojos lacustres.

Es imposible resistirse al encanto de Alejandra, huidiza, al fondo del paisaje, en la penumbra de la novela de mi vida hecha de libros. La memoria es extraña. Me es imposible olvidar a Alejandra. Y sin embargo no puedo recordar si tenía el pelo rojo o dorado. Recuerdo la resonancia de unos bastones de ciego en las losas de unos atrios bancarios. Pero no sé cómo era ella. Emergiendo para hundirse enseguida. Tal vez debería leer otra vez ese libro sombrío. Escrito por uno que al final se quedó ciego y descubrió la pasión de la pintura y la desesperanza del acorralado, harto del simple pesimismo que había sido su golosina preferida desde la juventud. Su mujer se llamó Matilde Richter.

La primera Matilde que yo conocí fue mi niñera, una mujercita blanda como un flan que dejaba la espantosa impresión de que se estaba yendo de este mundo cuando hablaba con un hilo de voz. Todos estábamos al tanto de su pecado de infidelidad. Había huido de un convento después de profesar los votos. Y luego entregó su vida a hacerles pequeños favores gratuitos a sus parientes. Lavar un plato, llevar una razón o vestir unos niños como yo, por la alegría de tener qué hacer.

Eliot escribió un bello poema sobre los nombres de los gatos del cual se infiere que estos llevan un nombre secreto, efable e inefable, dice, que solo ellos conocen. Y así debe pasar con las mujeres. Las mujeres deben tener un nombre que nadie más que ellas sabe. Y aun otro que ni siquiera sospechan. Y por eso corremos detrás de ellas. Y por eso nos lo perdonan todo.

EDUARDO ESCOBAR

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