Opinión

Esa vida que arrastramos

En un mundo desvalorizado donde todo tiene precio, la melancolía acaba por alcanzarte.

13 de marzo 2017 , 10:00 p.m.

Por más que uno decida apartarse de la sociedad, entre sus libros, en un bosque sonoro lejos de los cielos contaminados por el vaho de gasolina de la actividad moderna, y su ruido, el escándalo de la realidad lo persigue. La maldita realidad de los hombres (y las mujeres). De la humanidad, esta raza de bípedos hirsutos, desprendida del chimpancé para que inventara el nombre de los colores y la crueldad del tornillo que falta. La realidad tiene infinitos recursos para infestar al retirado con sus hongos, más ahora con el computador y los teléfonos inteligentes en los cuales a veces aplican, se dice, sus curiosas orejas los policías. Aló.

Y las revistas que nos mandan los amigos en sobres de manila y los susurros de los televisores y los radios del entorno ventilando porquerías y las preguntas capciosas de los vecinos por sobre los cercos: ¿te enteraste de la última? Y te disparan en la cara como un gargajo la biografía secreta de un exministro o un obispable. Eso entristece. Y baja la guardia el orgullo que a veces sentimos como seres humanos cuando pensamos en Bach, diga usted, o en esa tía, todos tenemos una, que jamás habló mal de nadie. Inevitablemente al despertar me pregunto: en qué estaré comprometido yo. Porque uno no tiene por qué ser la excepción.

Es el sadomasoquismo lo que nos empuja a los inclementes periódicos virtuales, como el perro vuelve sobre su vómito depurado en luz. Y el gimoteo del funcionario que se declara uno de los puros y jura que nunca pasó por sus manos un billete dudoso. Y alguien piensa que la tiranía de los guerrilleros era más eficaz en las aldeas que el establecimiento a la hora de poner a dormir la gente, o fusilarla, estos tiempos cuando los párrocos ya no asustan con sus diablos, y nadie respeta a su alcalde porque todos los conocen. Bueno, dice otro, lo de los retretes de porcelana es porque ha llegado la hora del poschonto. Y lo de los gimnasios, para ver si a partir de las secreciones de dopaminas por el deporte recuperamos esa inocencia a la que aspiran estos animales raros que somos. Que buscan la felicidad en el sacrificio. Y la razón retorciéndole el cuello a la sintaxis. Con engaños de Gorgias.

Por más que te figures que la opción del anacoreta te evita participar en el deshonor, en un mundo desvalorizado donde todo tiene precio, hasta la propia alma, y la ganancia pecuniaria reemplazó el beneficio; obnubilado por las abstracciones de la avaricia y la fantasía del éxito social, la melancolía acaba por alcanzarte. Y la sospecha de que todo optimismo tiene rabo de paja.

Rimbaud, en el ambiente de las primeras ciudades alumbradas con gas, de las primeras máquinas complejas y el surgimiento del proletariado sobre las descomposiciones del feudalismo, exclama: “El Evangelio ha muerto, ay, el Evangelio”. Y Nietzsche más tarde propugna la restauración de una hipotética aristocracia altanera capaz de trasmutar los valores para rescatar de las miserias del remordimiento al asesino de Dios, es decir, a todos nosotros.

Rimbaud anunció la anomia de este tiempo contra el cual nadie encuentra refugio, porque incluso los paraísos de la música son alcanzados a la larga por los hedores de las letrinas del espíritu. Y los bombazos de los redentores que solo consiguen empeorar las cosas con sus sueños triunfales. El niño Rimbaud a sus veinte años fue claro: “Patrones y obreros, todos, plebe inmunda”. Y me acuerdo de Fernando González el día de llevar al cementerio a Manjarrés, el maestro de escuela, marido de Josefa Zapata, que aspiró a reeducar a los suramericanos con una noción de la autenticidad que les permitiera restablecer el contacto con el silencio, con su intimidad solitaria, y la conciencia de la nada que es la riqueza que queda a estas alturas entre tantos objetos. Entonces González espetó con amargura: putísima es la vida.

EDUARDO ESCOBAR

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