Opinión

El miedo llamado Petro

El miedo en política nos advierte contra las emociones de los demagogos inestables.

24 de abril 2018 , 12:00 a.m.

El miedo es un sentimiento esencial en la estructura del animal humano. Es protector, necesario para la supervivencia, en la vida privada y en la política. Toda educación empieza por aperar al niño con una serie de cautelas: el miedo a las tijeras, el fuego, los tomacorrientes, las alturas, y a las invitaciones de los extraños, que a veces pueden ser el insulso coco con otra inocente patraña, o el mismo diablo católico luciendo una corbata carnavalesca de disoluto. Y cuidado con la caca. 

Muchas fábulas fueron inventadas para introyectar en los niños el temor legítimo ante lo inseguro, aunque parezca justo y bello como una manzana. O tenga el color del oro. Como las heces saludables.

Nos asociamos al perro para que nos ayude a vigilar las puertas a cambio de los huesos de la cocina. Amor con amor se paga. Y existe una industria poderosa de las alarmas y las armas. En los sueños se alternan el espacio onírico deseos y temores. El policía y el ángel consolador.

Hay terrores irracionales como el que sienten algunos ante una silente cucaracha o el que experimentan por los ratones algunas señoritas histéricas, por aprehensiones eróticas, según la ortodoxia freudiana. Dicen que a los elefantes también los espantan los ratones. Eliano dijo que el león, rey de la selva, huye del gallo. Quizás porque entre reyes no se pisan las colas, y el gallo, al fin de cuentas, es rey de su gallinero. Las amenazas, ámbito difuso de lo indeterminado, nos mantienen despiertos, cavilosos. Atentos. La falta de miedo es una deficiencia de sensibilidad.
Los mejores soldados sienten miedo como todo el mundo. Pero aprenden a amaestrarlo y lo convierten en aliado. Lo otro es la imprudencia temeraria que busca las simas heroicas, o el sacrificio masoquista del neurótico para ganar la huera inmortalidad de los martirologios.

A mí no me inspira confianza uno que cita el mismo día, para convencernos de que habrá una catástrofe si no lo votamos.

El miedo en política nos advierte contra las emociones de los demagogos inestables, e imprevisibles, la posibilidad del error, a veces peor del que pinta la imaginación. En el arrastre de la historia nada es claro ni fácil de vaticinar. Un montón de disparates colectivos resultaron de un acontecimiento sin importancia aparente: la muerte de un príncipe bohemio por un anarquista borracho de memes patrióticos, la perorata de un fanático en una cervecería de Múnich, el indulto de un coronel venezolano, el holocausto de un vendedor de frutas en una ciudad africana.

A muchos nos aterran los delirios de ciertos utopistas de aire serpentino, que hacen profesión de fe de su petrofobia, muestra palmaria de su mala información sobre el prodigio del petróleo que salvó las ballenas de la extinción y mantiene la civilización; que a la industria petroquímica oponen el aceite de aguacate; que declaran sus intenciones de destechar el país para cambiar las chapas de asbesto por paneles solares, y de sembrar los paisajes con chirriantes molinos de viento para mover los automóviles ecológicos de sus sueños pueriles. Pichones de dictador, llaman a solventar la hambrienta revolución de Maduro a costa del campesinado colombiano. El deschavete chavista nos alarma. El odio por las oligarquías y el imperialismo yanqui son emociones pasadas de moda, frutos de las confusiones del siglo XX, por revisar.

A mí me eriza el socialismo del siglo XXI, marxismo en alpargatas que conduce al atraso, el desorden y la pobreza, y a la quimera de la dignidad de la tripa vacía cuyo paradigma es el limbo cubano. A mí no me inspira confianza uno que cita el mismo día, para convencernos de que habrá una catástrofe si no lo votamos, al argentino Bergoglio, ese jesuita fantástico, héroe del cómic de la mística moderna, y a Stephen Hawking, ateo impotente y poeta del absurdo de la singularidad, recientemente pasado a vivir al agujero negro del punto final donde caen todos los discursos. Tengo otros miedos. Temo las estridencias de la señorita López, por ejemplo. Pero de uno solo puedo decir, sin exagerar, que, literalmente, me petrifica.

EDUARDO ESCOBAR

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