Opinión

De esto y de lo otro

Las revoluciones del siglo XX fueron formas extremas del conservadurismo involutivo.

29 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Robespierre defendió la libertad de prensa y los derechos del pueblo a expresarse hasta que se hizo poderoso. Entonces cambió de idea, y pensó que este, ineducado, solo sería digno de decidir y hablar cuando la élite revolucionaria lo dotara de las cualidades morales necesarias para la independencia. La fantasía del futuro. Las trampas de la esperanza. Suelen servir al despotismo.

Siempre les llega a los revolucionarios la hora de cerrar los periódicos y anular las señales de radio. Y el hielo de la pasión por el cambio se congela en la ambición de perpetuar la tiranía de los monarcas. Decir hoy que uno es marxistaleninista es como declararse monofisista. Cuando el mundo anda en semejante confusión como ahora, cualquier absoluto es una locura prescindible. La globalización no es una patraña neoliberal. La técnica achicó el mundo y realizó la aldea planetaria de McLuhan. El progreso industrial aviva los huracanes de arena que se cocinan en el Sahara y revuelven las playas del Caribe. Y hace declinar los glaciales cuya agonía retienen los turistas en sus teléfonos móviles con malévola alegría.

Los revolucionarios triunfantes fueron siempre devotos de una rara libertad restringida, que Fidel Castro sintetizó: “Todo dentro de la revolución; por fuera, nada”. Una cosa parecida había oído yo a propósito de la inmaculada concepción de María en mis años de seminarista. Cuando la única opción es La Opción del poderoso aparece la escolástica. El argumento de la autoridad, la retórica viciosa y vacía.

Los empresarios que alzaron los rascacielos de las ciudades verticales y popularizaron el automóvil y la internet hicieron más por nosotros que Lenin y Trotski

Robespierre fue llamado el incorruptible. Como todos sus compañeros en la espantosa aventura de la revolución, se apoyaba en la virtud. Creía en Dios. Y en la diosa Razón. La guillotina fue la culminación de la rebelión de Lutero que tocaba el laúd. La música, la religión y la muerte están vinculadas más allá de la ramplonería de las marchas militares y los himnos marianos. La guillotina contó con la colaboración del clavecinista alemán Tobías Schmidt. Quien la ensayó en el pescuezo de tres cadáveres que le prestaron en la morgue, antes de que la estrenara el primer vivo, el ladrón Jacques Pelletier. Y de que Robespierre le hiciera el honor él mismo.

Es evidente que la humanidad ha progresado en la provincia cristiana que habitamos. Ya no se usa aplaudir ante el cadalso como en los tiempos de los sacrificios de sangre que llevó a cabo el glorioso pueblo francés azuzado por sus intelectuales con el apoyo de las masonerías. Cuando despellejaban vivas a las duquesas al aire libre de las plazas y les cortaban los genitales y los graciosos se ponían sus pubis de bigote. Tal vez eso que llamamos las revoluciones no ha sido más que un retorno a la infancia comunista de la humanidad. Me acuerdo de la historia de Ananías y Safira en los Hechos de los Apóstoles. Muertos por el poder milagroso de Pedro, Ananías y su mujer podrían considerarse los protomártires de la propiedad privada que consagró la Revolución francesa, al negarse a depositar todos sus bienes en el fondo común de la secta de iletrados.

Las revoluciones del siglo XX fueron formas extremas del conservadurismo involutivo. Como en la Cuba de Castro y en la deschavetada Venezuela chavista.

Donde el culto de los intestinos populares es convertido en un sucedáneo del espíritu clerical. Extremando, se podría decir que los únicos revolucionarios modernos fueron los que inventaron la luz eléctrica y el bombillo que derrotó la noche, los que pusieron a correr los primeros trenes que algunos consideraron riesgosos para la salud, porque el cuerpo humano no estaba hecho para viajar a 40 km por hora. Los empresarios que alzaron los rascacielos de las ciudades verticales y popularizaron el automóvil y la internet hicieron más por nosotros que Lenin y Trotski. Esos mismos creadores a los que insultan los envidiosos, los fracasados de la izquierda premoderna. Como la nuestra.

EDUARDO ESCOBAR

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